A LA PRÓXIMA, INVITO YO

Arcade Coin Op Pixel Art Xtreme Retro

Tuve amigos que ya no lo son, porque eran demasiado lentos a la hora de invitar a una partida.

Fulanos de esos a quienes la pantalla de “insert coin” siempre les sorprendía con la atención puesta en otro sitio, o buscándose una cartera o unas monedas que no encontraban, o mirándote indecisos, cual embargados por una duda metafísica.

Claro que aún podía ser peor.

Estaba el que abría la cartera, te miraba a los ojos muy serio y soltaba aquello de venga, hoy por mi, mañana por ti.

Los había, como iba diciendo, de todo tipo y pelaje.

Desde el que siempre apuntaba eso de la próxima corre de mi cuenta, pero nunca llegaba la próxima, hasta el especialista en pagar las partidas sólo cuando la siguiente ya era etiqueta negra.

O el que te invitaba a jugar y, tras llegar al salón recreativo más cercano, sugería que no tenía cambio; y era tanta la vergüenza ajena que al final decías venga, déjalo, hombre, no te preocupes, de verdad, ya pago yo, cabronazo.

Que la próxima vez va a jugar contigo el mercader de Venecia.

Había también una variedad más sofisticada; la del que se dejaba invitar cinco o seis veces seguidas, y cuando por fin ya no tenía escapatoria hacía el gesto de sacar la cartera, contaba muy serio las monedas, esbozaba un rictus de contrariedad y dejaba que le prestases algo de calderilla, porque no le alcanzaba.

En cualquier caso, no era nuestro pecado capital, y me alegro por ello.

Tal vez por eso, porque a la hora de invitar éramos un grupo generoso, aquel vecindario llegaba a ser soportable y los guiris, cuando venían, se quedaban encantados.

Que si no, de qué.

Incluso diría que mi barrio era el único lugar en que un forastero con amigos locales, o en buenas manos, podía recorrer todos los recreativos de la zona y sin que le permitiesen gastarse un mísero euro.

Allí, pagar una partida no parecía una obligación, sino un honor mezcla de hospitalidad y de chulería en plan vamos anda, guárdate eso ahora mismo.

Vamos a por otra ronda Manolo, y un par de refrescos.

Nos ha jodido aquí, el alonsanfán.

Y entre aborígenes, tres cuartos de lo mismo.

Cuando andaba tieso de viruta, uno de los rateros habituales del lugar – un tipo marginal que, según decían, se codeaba con delincuentes y prostitutas -, mendigaba unas monedas en cualquier esquina antes de ir al antro de turno, a fin de pagar una partida cuando nos íbamos a jugar después de clase.

Porque en eso de invitar, como en muchas otras cosas, los humildes y los desgraciados tenían dignidad y vergüenza torera.

Más que los directores generales, la presunta gente de bien, los políticos y otros tantos meapilas.

Y en mi antiguo barrio se perdonaba todo menos cortarse a la hora de invitar, aunque fuera muy de vez en cuando.

Tampoco faltaba gente que se pasaba las horas jugando, y te quedabas patidifuso viendo cómo dejaban pagar a todo el mundo sin echar ellos mano a la cartera, mirando hacia otro lado, imperturbables, como si la cosa no fuera con ellos.

Y eso sí que no.

Porque, a nuestro entender, la gente de bien era la que daba con los nudillos en la coin-op de turno y pregunta aquello de venga, quién se apunta.

Y aunque fueran las últimas monedas, uno las sacaba, las ponía sobre la máquina y se quedaba con la cabeza muy alta y sin descomponer el gesto, sin montar números, ni hacer alardes, ni buscarse coartadas.

Se invitaba de buen grado, tanto si la partida duraba un par de minutos, como si se conseguía llevar la aventura a buen puerto, porque así debía entrar y salir uno en los salones recreativos de nuestro vecindario.

Quizá por eso aquel pobre muchacho me caía bien; por el temple con que nos invitaba con tal de sentirse parte del grupo, sin perder la compostura ni pestañear.

Deberían aprender de mi amigo que mendigaba para pagar su dignidad y nuestras sonrisas, todos esos estirados que salían despreocupadamente del garito, intentando que hubiera suerte y la partida la pagasen otros.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Xtremeretro

About Xtremeretro

X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico.
Pasad, pasad… bajo vuestra propia responsabilidad.