ACTRAISER

A veces, un juego que ofrezca sólo acción no es suficiente.

Y, a veces, para llegar de verdad al fondo de la diversión, debes mezclar un sencillo juego de aventuras con los principios básicos de un simulador de dios que construye ciudades.

Tal vez ActRaiser no sea tan famoso como otros juegos más ilustres y tradicionales de Square, en especial si nos referimos a la exitosa serie Final Fantasy, pero esta combinación de géneros es única.

Los usuarios adoptan el papel de un Maestro, y su tarea consiste en reconstruir una civilización entera, a medida que avanzan por niveles de desplazamiento horizontal, masacrando con su espada a los enemigos habituales y enfrentándose a jefes cada vez mayores.

De vez en cuando, también deben hacer una pausa y cambiar a una perspectiva cenital para convencer a tres diminutos seguidores de que construyan carreteras, casas y otras infraestructuras importantes, mejorando un poco el lugar.

Resulta tentador considerar un juego como una combinación entre God of War y SimCity, pero ActRaiser tiene una esencia singular y propia que, al centrarse en las deidades y la civilización, con el transcurso de los años, le ha puesto en aprietos con determinados grupos religiosos.

Con todo, en su momento, fue más una curiosidad que un éxito rotundo, y desconcertó a tantos aficionados como a los que encandiló.

Y es fácil ver por qué ocurrió, ya que, a pesar de ser realmente divertido, la mezcla de géneros no estuvo del todo lograda.

Aún así, este revoltijo particular de diferentes tipos de juego debió de tener algo mágico, pues no le faltan legiones de adeptos que perduran hasta nuestros días, siempre dispuestas a experimentar con nuevas sensaciones.

Huelga decir que su continuación prescindió de los momentos en que se construían ciudades, simplificando la fórmula y perdiendo por el camino parte del atractivo que atesoraba el original.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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