ASESINOS DE BLOGS

Ver morir a un hombre, conversar con una mujer que ha sido violada, o presenciar el fin de una página web son tres experiencias dudosamente recomendables.
Mal me pese, he sido partícipe de todas ellas.
Mencionadas de esta forma, algunas de estas actividades parecen reservadas a escenarios brutales y exclusivas de seres perversos.
Tristemente, pertenecen a nuestra historia más reciente, hasta el extremo de que con frecuencia coinciden en el mismo tiempo y lugar, como manifestación inequívoca de un horror idéntico y común latente en nuestra condición humana.
Dejaré aparcadas la muerte y las violaciones para otro momento, pues por apremios de tiempo y trabajo no me siento capacitado para abordar temas tan delicados.
Aunque no es menos cierto que los finales prematuros de diversas páginas web responden ocasionalmente a síntomas parecidos, pues con un impulso infame arrancan la ilusión o esperanza que pudiera albergar en el corazón de sus autores, sean o no conocidos.
Para nuestra vergüenza, la historia de la humanidad está oscurecida por libros que arden y, de forma más reciente, webs y blogs que tocan a su fin.
Uno se acostumbra casi sin darse cuenta a sus lecturas y sus historias, y presencia con impotencia y desolación el espectáculo de la destrucción de su memoria.
Destrucción casi siempre absurda e infame, e incluso irracional me atrevería a decir.
Me viene a la mente ahora gente honrosa y de intachable conducta, que en virtud de la santa moral atacan a blogs tan humildes como este, rebosantes de contenido e información, a costa de alguna escasísima entrada subida de tono.
Algo bastante común en páginas web de probado prestigio – no merece la pena citar ejemplos -, aunque esta última reflexión responde en realidad a una mera idea bastante personal.
En cualquier caso, estas personas a las que me refería podrán dormir con la conciencia tranquila y la satisfacción del deber cumplido.
Y sin embargo, no es menos cierto que con su conducta han atacado no sólo a autores como el abajo firmante, sino a la materia de la que se conforma nuestra alma y nuestra inteligencia.
Si volvemos la vista atrás, comprobaremos que los primeros ataques en toda guerra tienden a centrarse sobre las iglesias, museos o archivos de turno.
Con las guerras mediáticas sucede algo bastante parecido.
Y con el anonimato que brinda internet resulta sencillo, al alcance de cualquier buen samaritano y defensor del interés común.
Nótese que empleo cierto sarcasmo en la última frase.
Recuerdo haber presenciado en algún reportaje como hijos de puta y amigos de las armas se ensañaban contra bibliotecas ya olvidadas, en tanto acudía en su auxilio el consabido equipo de rescate.
Equipo de rescate decía.
Eso inspira confianza, organización y eficiencia.
Nada más lejos de la realidad.
Para ser exactos, se trataba de los sufridos vecinos que, desafiando a las balas, entraban en el decadente edificio, llorando entre impotentes y patéticos sobre páginas que ya habían quedado inútiles, portando libros consumidos entre sus manos.
Y a falta de agua para apagar las crecientes llamas, las ideas que allí se congregaban ardieron hasta sus cimientos.
Como arden también, aunque sea virtualmente hablando, tantos otros blogs de incalculable valor a causa de actuaciones dañinas, supuestamente en busca de otro bien común, sacrificando si es preciso el esfuerzo de los autores que se dejaron en ellos sus pestañas, pero también su inteligencia e ilusión.
De igual modo, las páginas web también desaparecen en una sola noche, para no volver a ser leídas nunca jamás.
Hace tiempo hablaba sobre una idea bastante parecida: cuando uno de estos blogs muere, se mutila irremediablemente algo de nosotros mismos, siendo sustituido por una laguna oscura.
Una suerte de mancha en la sombra que acrecienta la noche que, desde que el hombre tiene conciencia de sí mismo, se esfuerza por mantener alejada.
Cuando un blog cae, desaparece todo el esfuerzo que lo hizo posible,  pero también todo el conocimiento que hubiera podido compartir en el futuro, así como los anhelos e ilusiones que a más de uno hubiera podido transmitir.
Porque destruir una idea, o un sentimiento, equivale literalmente a asesinar el alma de su propietario, lo que en ocasiones es todavía más grave que mutilar su cuerpo y acortar su vida.
Hay homicidios conscientes, voluntarios y ejecutados con alevosía.
Actuaciones que pueden resultar quizá explicables o discutibles, ya sea en momentos de pasión, de ignorancia, de ira, de celos, de odio, o utopía.
Pero raramente la destrucción de una página web puede beneficiarse de atenuante o explicación alguna.
Por el contrario, este suele ser un acto consciente y cruel, aún sin proponérselo, cargado de simbolismo.
Ningún asesino de blogs es casual.
Ningún asesino de blogs es inocente.
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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.