AVENTURAS DELICIOSAMENTE PIXELADAS

Sonic 1 Mega Drive Pixel Art Xtreme Retro

No es ningún secreto.

Adoro los juegos clásicos y deliciosamente pixelados.

Muchos de ellos me aguardan en sus respectivas cajas, amontonados tras un viaje fallido a Galicia.

Y aunque prácticamente los conozco de memoria, sigo contemplándolos con extremo placer, recreándome en sus detalles mientras recuerdo las incontables horas pasadas en su compañía; la lentitud de una partida minuciosa y paciente, sorteando obstáculos y superando retos otrora impensables.

Hacer aquello no sólo equivalía a emprender una aventura asombrosa y amena, sino también, y sobre todo, a navegar por los mares que habían surcado sus creadores en pos de la muy propia inventiva.

Suponía moverse con la mente oteando otras revistas en busca de la siempre esquiva información, y perderse irremediablemente por los paisajes e historias de las que eran protagonistas.

Borrar el resto de las preocupaciones mundanas, distanciándote hasta olvidarte de ellas por completo.

Recuerdo con cierta nostalgia la paz de tantas noches, y tantas otras madrugadas, entre Coca Colas y buenos amigos, cuando aquellos personajes vagamente definidos tomaban forma en nuestra imaginación y cobraban vida en la pequeña pantalla, enfrentándose impasibles a todas las corrientes y temporales habidos y por haber.

Y el orgullo intenso, extremo, tras prolongadas jornadas de juego, de quedarse largo rato inmóvil para contemplar los créditos finales.

Algo curioso, pues siempre tuve unos dedos poco hábiles.

Me confieso un patoso en potencia, y ya ven.

Ahora observo determinados títulos y me pregunto cómo pude concluirlos de un modo tan satisfactorio y eficaz; dónde encontré la pericia precisa.

En el amor, supongo.

Amor a los videojuegos, a lo retro, y a los píxeles como puños.

Amor a lo que aquellos añejos cartuchos representaban.

A su historia, y a los hombres que, abrazando el poco coraje que aún les quedaba, o inventándoselo llegado el caso, superaban sus propios miedos y no pocas adversidades.

En efecto, supongo que se trataba de eso.

Que de ahí obtuve la destreza necesaria.

Imagino que eso explica, en parte, el inmenso respeto que le profeso a quienes hicieron posibles tamañas aventuras.

A los que todavía programan sin excesivas prisas, poniendo lo mejor de sí mismos, recurriendo a las viejas técnicas que tanto dignifican a ciertas obras de rabiosa actualidad.

Dejando su impronta inequívoca en ellas.

Pues en estos tiempos de tanto machacar botones, de epopeyas carentes de alma, de pantallas táctiles, de tenerlo todo hecho y listo para descargar, me inspiran una admiración sin límites esos programadores que mediante su empeño y dedicación crean auténticas obras de orfebreria digital, ya sea para ganarse la vida o por simple afición, manteniendo así el vínculo de la mente lúcida con su pausada labor.

Con la satisfacción legítima de la obra concienzuda, en ocasiones perfecta, pero siempre bien hecha.

Con lo singular, hermoso y noble que es capaz de crear, cuando se lo propone, el corazón humano.

En la actualidad, a duras penas consigo jugar, pues la vida me privó del tiempo y de las circunstancias necesarias.

Aquellas noches silenciosas entre pantallas rebosantes de vivos colores, hace tiempo que se transformaron en jornadas laborales, o de artículos malogrados, dándole a la tecla.

En la artesanía de contar historias, como esta que nos traemos entre manos.

Ahora mi tiempo libre, cuando lo tengo, se lo llevan las aventuras “de verdad“: eso gané y perdí con los años y las canas.

Conservo, sin embargo, la afición por el juego, y cada vez me llama más la atención el fenómeno del coleccionismo.

Ocasionalmente entro en cualquier tienda especializada y acaricio, como en el pasado, las cajas magníficas, bellamente ilustradas, que tantos meses de inconmensurable placer albergan para los felices aficionados que se dejen tentar.

Sin ir más lejos, hace escasos días pasé melancólico frente a un vitoreado RPG relativamente moderno, que en más de una ocasión quise probar y nunca me decidí.

Demasiadas horas de las que no dispongo, calculé.

Como uno de aquellos acontecimientos cuyo momento pasa, y sabes que ya no disfrutarás nunca.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.