BANGAI-O

Cuando Bakuretsu Muteki Bangaioh fue lanzado para Nintendo 64 – una edición extremadamente limitada, y sólo en Japón -, ofreció una mezcla única de mechas, extraños personajes y fruta, envueltos en una imagen de matamarcianos a la antigua usanza.

Pero fue el lanzamiento mundial de Bangai-O para Dreamcast lo que perfeccionó su característica fusión de robots pequeños y gigantes, millones de explosiones masivas y una profusión de fruta sin precedentes.

En esencia, Bangai-O es un pegatiros de ritmo frenético, en que el jugador pilota a un robot gigante a lo largo de cuarenta y cuatro niveles, abriendo fuego libremente en todas direcciones, destruyendo el decorado y recogiendo frutas para obtener puntuación extra.

Pero es un shoot’em up que se juega como un rompecabezas.

En la primera parte hay que obtener la recompensa correcta: disparando misiles térmicos en espacios abiertos, y balas reboteadoras en espacios reducidos o sobre las esquinas.

En la segunda parte hay que escoger el camino correcto a través de niveles de diferentes diseños, desde bombardeos con balas hasta batallas con monstruos, y desde complicados laberintos hasta pantallas llenas de bloques descendentes.

Pero la parte final y más emocionante del puzzle es el detector de gas, y es ahí donde radica la diferencia entre la versión para Nintendo 64 y Dreamcast.

En el cartucho para Nintendo 64, las bombas se cargaban recolectando fruta, mientras que en la adaptación de Dreamcast se consiguen desencadenando explosiones y volando cerca de ellas; cuantas más explosiones, mayor será la velocidad de recarga.

Se abre así una dinámica completamente nueva de riesgo-recompensa, una enfermiza mezcla de daños y velocidad, estimulante y angustiosa a partes iguales.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.