BIG BOSS NUNCA FUE UN VERDADERO HÉROE

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Big Boss, o mejor dicho, Snake, nunca fue un héroe.

Ni pretendió serlo, pues ni siquiera el valor insensato que origina la guerra sobrevive al mundo de paz que se introduce, implacable, por los resquicios de sus ideales anacrónicos y obsoletos.

Todo ello, que los aficionados vislumbran en destellos rápidos a lo largo de su extensa trayectoria, resulta evidente durante su etapa póstuma.

Sólo cerca del final, junto a la tumba de su bienamada mentora, nuestro héroe encuentra la anhelada paz, así como la verdadera aventura.

Su propia muerte.

La caída de un mito auténtico, ante la atenta mirada de su digno sucesor, que calla y mira trágico al incombustible guerrero.

Y ahí empieza a revelar su verdadero coraje, cuando aún sabiendo su inevitable desenlace, abraza al hombre perplejo que se alza ante él.

Un abrazo que, en cierto modo, apresura el final de un héroe agonizante.

Quien si fue valiente, sin fisuras, fue The Boss; aquella mujer que le brindó todo su amor incondicional y conocimientos al servicio de la barbarie, o de la libertad, según se mire.

Y se nota.

Cuando arremete con denuedo, Snake no hace sino utilizar lo que le presta el corazón de esa mujer que lo alumbra; una combatiente legendaria durante la Segunda Guerra Mundial, heroína honrada y rica de espíritu, gallarda esclava de su destino.

Una filósofa sin igual que, pese al conflicto reinante, no distingue enemigo.

Por contra, los pensadores serios, moralistas y, hasta cierto punto, alarmistas, llevan tiempo repitiendo que el valor nacido en el fragor de la batalla, tal como se ha representado en multitud de ocasiones, es un depósito de mentiras y vanidades.

Su momento áureo queda muy lejano, cuando hombres corrientes viajaban hacia lo desconocido en calidad de conquistadores que, lamentablemente, vivían aventuras desaforadas y bautizaban nuevas tierras con nombres extraídos de sendos libros.

Entre el cañamazo de la desdicha sin final, por los vericuetos serenos de sus actos, The Boss nos muestra que no está tan lejos de todo aquello como pretende.

Ni siquiera, descubre el jugador a poco que se fije, critica abiertamente la guerra.

Sólo ataca las malas acciones, en tanto aprueba otras y subraya determinadas virtudes; tales como el elogio del valor, salvándonos del expurgo de la parafernalia y la vanidad.

Es un error creer que The Boss, su pupilo o sucesores desprecian el conflicto armado.

Todos ellos, viejos y extintos soldados, aplauden el heroismo a su manera, y lo veneran.

Es la degeneración del arte de la guerra lo que satirizan, enalteciendo la lógica decadencia que viene implícita, pues siempre se menciona con respeto las antiguas crónicas de otra época.

Y es cierto: muchos seguidores incondicionales han equivocado su juicio sobre más de un personaje, desgarrador o no.

El soldado de Outer Heaven no ahuyentó con una sonrisa los más nobles ideales que preceden a todo guerrero nato, sino que los puso en su lugar y su tiempo.

Hoy es difícil, fuera de contexto, captar los ingeniosos matices del infortunio, que los jugadores contemporáneos y entendidos asimilaron perfectamente.

De ahí el éxito creciente de la saga, aunque su prestigio aún tardara lustros en afirmarse, coincidiendo con el estreno de Metal Gear Solid en PSX.

Así, en la longeva serie, Hideo Kojima no se retracta del valor intrínseco que sus héroes y villanos anhelan más que poseen, sino de la inadecuación de ideal y realidad, del engarce de ese supuesto valor con el tiempo y el mundo que moran ellos mismos.

Snake, recordémoslo, antes que espía, fue soldado, y muchos de sus allegados murieron peleando por una causa u otra.

Nunca se insistirá demasiado sobre la necesidad de tener presente todo eso a la hora de enfrentarse a cada título.

Quizá por ello no faltan elogios a la milicia, ni discursos sobre las armas y las letras, donde se sitúa la pluma por debajo de la espada, metafóricamente hablando.

Y en esos momentos queda probado el temple y temperamento del venerable soldado.

A fin de cuentas, en una historia de semejante envergadura ocurre como en la amistad o la vida: nadie pone al descubierto lo que tiene.

El insigne Boina Verde trabaja como un vulgar mercenario, lo más opuesto al heroísmo.

Tiene nostalgia del soldado que fue en otra vida distante, pero en el siglo que empieza, la gloria le sabe a cenizas.

Sus compañeros mutilados mendigan caridad, y los grandes héroes de su tiempo han muerto o envejecido, o bien se han matado entre ellos.

Para bien o para mal, Outer Heaven queda muy lejano, y sus ídolos olvidados.

Una de las virtudes extraordinarias de la serie Metal Gear (Solid) es que su autor nos suministra, con cada entrega, sutilísima información útil para asomarnos al corazón de sus múltiples personajes.

Como buen monomaníaco, Snake es un hombre prudente, sensato, culto y entendido en todo menos en lo que afecta a sus apetencias.

Bueno en términos abstractos, inteligente, admirable conversador, sólo denuncia su actuación al tener que amoldarse a la triste realidad que le rodea.

Kojima, con su inteligencia e instinto, lo subraya oponiéndole a su propia mentora, un prototipo de heroína que se sale de lo común.

También sabemos que tiene un extraordinario concepto de si mismo – heredado, para bien o para mal, por Les Enfants Terribles -, que su honradez es extrema, y que considera el valor, la dignidad y la firmeza virtudes principales de todo soldado y de sí mismo, como expone en no pocos alegatos.

Cierto es que más adelante, consciente de su fama y temeroso de ella, alardea un poco más de la cuenta; e incluso, en delicioso quiebro, se lamenta de hazañas concretas.

Advertimos, además – y esto es clave para considerar el heroísmo real o supuesto de Big Boss -, que peca de temerario.

Pero no va sobrado en términos de osadía precisamente.

Y de temerario, tiene lo justo y estrictamente necesario.

La imagen por excelencia de Snake, de valor, ideales y altruismo, es vulgar y poco exacta.

Tanto es así que durante numerosas escaramuzas el mandatario de la unidad FOX muestra una lucidez inaudita, cuando ante su evidente desgracia y sufrimiento reconoce su propia debilidad, haciendo inevitable que el jugador, maravillado, se pregunte si Snake es un verdadero héroe, o se lo hace.

Durante la operación Snake Eater el heroísmo es simple, sin fisuras.

O lo parece.

Su primer acto heroico, al menos conocido, sucede cuando se enfrenta a un jovencísimo Ocelot, y luego se opone a sus secuaces con tanto brío y arrojo que si lo acometieran todos los Spetsnaz de la Unión Soviética, no cedería ni le temblaría el pulso.

No tarda en arremeter, muy a su pesar, contra la persona que más ama en este mundo, donde cae derrotado en desigual batalla.

Pero esa fe ciega se irá resquebrajando también a lo largo de su historia.

Lo mismo ocurre con el afanado jugador.

Durante sus primeras misiones, el valor de Snake se antoja casi inmutable; pero a medida que progresa la narración, el autor y jugador conocen mejor al personaje, y se pone de manifiesto que Kojima considera su valor idealista, aparte de poco sólido, inútil y equivocado tanto en la victoria como en la derrota.

A cada paso nos recuerda la imitación grotesca del héroe que no es, como cuando se refieren a él a modo de de soldado legendario, y rechaza abiertamente el epíteto, conocedor de las penurias que lleva asociadas.

Y aún así, Snake sigue empeñado en ignorar al héroe que pretende ser, hasta caer en los abismos de la desgracia – y paradójicamente, cada uno de los conflictos refuerza esa ilusión – como advertimos en la supuesta complicidad con otros soldados, independientemente del bando elegido.

No es tampoco, el de Snake, un heroísmo inspirado en el fecundo amor por su país, aspecto nada badalí en dicha época.

Sea como fuere, conforme el soldado envejece y adquiere malsanas experiéncias, el abrumador concepto que otros tienen de sí mismo empieza a inquietar al jugador avisado.

Huelga decir que también se muestra más retórico, reflexivo, prudente y sabio, y su valor se diluye a menudo con la bravura.

La trama de Peace Walker es sin duda decisiva para penetrar en la verdadera naturaleza del valor del mal llamado héroe: la necesidad de asemejarse al héroe que parece, convirtiéndolo así en un probado valiente.

A partir de ese desgarrador desenlace, conforme ocurren más desgracias, esa firmeza se cuartea lenta pero inexorablemente, según surjen más dudas y contradicciones.

El heroísmo de Snake no responde sino a la obligación de tenerlo, y eso lo fuerza a ser el valeroso soldado inventado por y para sí mismo, y aquellos quienes le siguen ciegamente.

Pero en realidad esa heroicidad es tan ambigua como el personaje y toda la obra de Kojima.

Es precisamente la cautela y la ironía con la que su creador desgrana la historia, sin definir nunca nada del todo, lo que transmite al aficionado medio esa emoción de que el valor de Snake es real, o lo parece, pero que siempre se halla sujeto a los avatares de la vida.

Valor, si, pero no de cartón piedra, sino humano e imprevisible.

La actitud de otros personajes secundarios, tales como Huey u Otacon en los años venideros, es también reveladora, pues en ellos tenemos el contrapunto del héroe.

En principio se evidencian más cobardes y no ven la necesidad de fingir valor alguno, aguardando de lejos el fatal desenlace.

Por contra, en repetidas ocasiones son capaces de mostrar el enternecedor coraje de quien debe cumplir con su obligación: el valor real, popular, que no busca gloria.

Basta con decir que, en su medida, contagian al mismísimo Snake con su honrada dignidad y emotivos sentimientos, que el propio héroe no se atreve a expresar abiertamente.

Aún así, los eminentes científicos, leales siempre que pueden, oscilan entre ambos mundos, el de la prudencia y el heroísmo, y a menudo quedan atrapados por la osadía del experimentado soldado.

Tampoco podemos dejar de lado el orgullo de sus incontables adeptos, cuando, embriagados de aventura, incitan al viejo guerrero a salir de nuevo al ruedo.

La dignidad y valor de los eternos secundarios también evolucionan en manos de Kojima, no sólo porque el autor perfila y mejora a los personajes, sino porque se les pega el ingenio de Snake y se impregnan de su ansia de libertad.

Es cierto que no faltan momentos de vileza en su andadura profesional; pero es justo reconocer que se retractan de ello sin dudarlo, y los instantes de respeto y profundo amor que protagonizan son, si cabe, más vivos.

Su cinismo está desprovisto de ingenuidad, y su lealtad hacia Snake se mantiene inmutable pese a todas las crisis mundanas.

Con todo, las dudas sobre el heroísmo de Big Boss se instalan muy pronto entre los jugadores avezados, quienes advierten grietas en la coraza del héroe cuando se enfrenta a según qué episodios sin demasiado entusiasmo, absteniéndose de intervenir en la medida de lo posible.

Y no es la primera vez en que el espía cae mal hasta al propio autor o a los más perversos villanos de la serie:

He visto la pura maldad.

Tú eres como el jefe.

No, eres mucho peor.

Comparado contigo, yo soy un santo…“, insiste doliente Psycho Mantis mientras exhala su último aliento.

Precisamente ese proceso vivo del valor, sujeto a la transformación que la vida y el tiempo imponen, depara al jugador esa inesperada sorpresa, la quiebra de lo que al principio parecía más firme y seguro: el valor del héroe.

Snake va perdiendo fuerza y confianza en sí mismo, y asume la verdad que se impone sobre sus propias fuerzas y coraje.

De este modo, para los aficionados, Snake nunca será el mismo.

Es más humano y menos heroico.

Con tales ambigüedades y contradicciones, además de humanizar al personaje y marcar sus debilidades, Kojima prepara la derrota, el triste final, y la inevitable caída del héroe.

La fuerza de voluntad que sostiene la ficción de un valor que se diluye, y el mito que se desvanece entre relámpagos de bravura de un hombre atormentado.

Pero, a pesar de toda su impotencia, nunca se rinde, mientras su ánimo se torna melancólico.

Y así, como quien no quiere la cosa, se va anunciando muy sutilmente el aciago destino que le aguarda junto a la tumba de aquella a quien más amaba, y a quien él mismo le arrebató la vida.

El final se intuye.

Kojima, despiadado a ratos, aún le dedicará alguna que otra humillación, además de crueles ironías.

Durante el último episodio de su traumática existencia, Snake prescinde de su máscara de héroe.

Lo que dice lo expone sin rodeos, con un lenguaje claro y tajante.

La perdida de la fe en la quimera de sí mismo se había desvanecido mucho antes de caer.

Sin embargo, el genio de Kojima obra el milagro de infundirle, en pleno desastre, otra suerte de nobleza y valor que nos subyuga aún con más fuerza.

Ese heroísmo sí se lo cree el jugador, porque proviene del cansancio, el crepúsculo, y el fracaso.

Ahora sí que nuestro héroe es digno adalid, cumplido soldado, valiente al fin.

En esta hora suprema, el incansable guerrillero muere como siempre soñó, heróico y liberado al fin.

Y el espectador, contagiado por su sonrisa melancólica, asiente, aprobador, ante el cadaver del valeroso soldado.

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