BIOSHOCK

BioShock introdujo el terror psicológico en un género más familiarizado con el estremecimiento barato y que se conformaba con explotar argumentos de pocas páginas.

El título empieza con un accidente aéreo en que, el héroe anónimo, se ve de pronto en medio del océano.

Cuando se despierta encuentra que las oscuras aguas están en llamas debido al combustible, y se abre paso hasta un saliente de rocas cercano, donde una escalera lleva hasta una campana de inmersión que le permite llegar hasta una ciudad construida en el fondo del mar.

Es Rapture, una colonia regida por la ideología donde la humanidad está libre de la mezquina moralidad, y puede llevar una vida basada en las teorías objetivistas de Ayn Rand: de interés propio sin límites y grandeza desinhibida.

Pero una buena parte de los supervivientes de Rapture se están empezando a matar poco a poco entre sí, mientras que unas fuerzas misteriosas luchan por los corazones y las mentes de los que quedan.

En su vertiente más básica, BioShock es un juego de disparos con un sistema de mejora genética que te permite añadir las ametralladoras, pistolas y llaves inglesas a una variedad cinética de habilidades elementales y telepáticas.

Sin embargo, en realidad es una montaña rusa narrativa que te arrastra por los enrevesados entornos del juego, subvirtiendo las expectativas, y al final te expulsa con algo desagradable en lo que pensar.

Basta con decir que los Big Daddy del título se han convertido en un clásico de los videojuegos modernos: descomunales pesadillas propias de Julio Verne, vestidas con trajes de buzo de bronce, que escoltan a las escalofriantes Little Sisters.

Sin embargo, la historia – el orgullo desmedido, la ideología y lo terriblemente impredecible que es la naturaleza humana – es lo que de verdad define la experiencia.

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Xtremeretro

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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