CARTA DEL CAPITÁN LINEBECK

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He leído con atención tu relato.

Hablas del mar y también de la borrasca en que te ves, de la incertidumbre y de la vida.

Resulta evidente que eres muy joven, y hay algo que quisiera contarte al respecto, pues tengo una edad considerable y amo el mar, pero ya sólo navego por las aguas de Hyrule.

Pasó la edad en que me seducían otros mares y otras costas.

Con canas en mi escasa barba acabé confirmando que mi verdadera patria es ese lugar viejo y sabio, memoria de mascarones rojos y naufragios, por donde vinieron los héroes, los dioses y las antiguas leyendas que me contaron, con rumor de resaca, hombres de piel curtida y quemada por el sol.

Quien no conoce de esas aguas más que las orillas, las cree siempre apacibles, azules, de mansos amaneceres y rojas puestas de sol.

Ignora que algunos de los más furiosos temporales pueden desatarse en ellas sin previo aviso: el mar golpeando de manera despiadada, voluble y traidor.

En realidad, ningún mar es mala gente.

Es el viento el que lo hace peligroso y mortal.

Pero, a diferencia del mundo del Rey del Mar, donde los temporales pueden a veces prevenirse en intensidad, trayectoria y duración, y donde la ola acostumbra a ser larga y tendida, más gobernable, en Hyrule desata su furia de improviso, con vientos inesperados y una ola corta, asesina, que machaca los barcos y agota a quienes los tripulan.

Viví entre marinos desde mi más tierna infancia, y me crie con relatos referidos al mar.

Nunca olvidé el respeto con que viejos capitanes, curtidos en todos los océanos, me hablaban sobre un joven chiquillo de verdes ropajes, capaz de despertar al viento y provocar temibles temporales.

Después, con el paso del tiempo, yo mismo tuve ocasión de conocerlo en persona.

Pero ni todo el valor mundano, o su ausencia, me impidieron enfrentarme a las más duras tempestades.

En alguna ocasión tampoco escapé de los funestos oleajes, con la angustia que supone, en esos casos, estar al mando de tu propio barco, tomando las decisiones, con tripulantes de cuyas vidas eres responsable.

Eso es algo que, por mucho que ames el mar, puede hacerte renegar de él y de todos los barcos habidos y por haber.

Sin embargo, hay algo bueno en eso.

Cuando todo acaba felizmente, si el barco navegó bien gobernado y estás a salvo en aguas tranquilas, hay algo que caldea tu espíritu con legítimo orgullo: pasaste la prueba.

Llevaste a puerto el barco, a los tripulantes y a tí mismo.

Eres un marino.

Librado a tus propias fuerzas, sin aspavientos, llegaste donde otros jamás soñaron.

Y, por mucho título de capitán, posees el mejor certificado naútico imaginable: saliste de una pieza, y con tu barco.

No existe mayor tesoro.

Porque si es verdad que el mar, cuando se lo propone, machaca a cualquiera, también es cierto que primero liquida a los torpes y a los arrogantes; a quienes carecen de la suficiente experiencia o humildad para comprender que el mar, reflejo exacto de la vida, con sus borrascas y arrecifes acechando en alguna parte, es un lugar peligroso.

Y que una saludable y constante incertidumbre, la desconfianza de quien se sabe siempre en tierra firme – engañosamente firme – tiene borrascas que discurren por el corazón humano, probándolo, tanteando su resistencia y coraje.

Y que no hay mejor adiestramiento y ojo marinero para enfrentarse a ellas que la lucidez, la tenacidad y la cultura.

Ellas te ayudarán a sobrevivir entre tus particulares temporales.

Y en el peor de los casos, si no queda otra, a perder tu barco luchando hasta el final, silencioso y sereno como un buen marino.

Con el consuelo de que, con un poco de buena fortuna, quizás puedas recuperarlo tras una larga aventura…

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