CHAKAN, THE FOREVER MAN

Probablemente, muchos de los lectores más veteranos de Old School Generation recordarán con cierta nostalgia al mítico Chakan, aquel notable cartucho comercializado por SEGA en las añoradas Mega Drive y Game Gear.

En la jerga del sector podríamos definir a aquella añeja entrega como un tapado, es decir, uno de esos títulos que aparecen sin hacer mucho ruido ni precedidos por grandes despliegues publicitarios, pero que gracias a su inusitada calidad técnica y probada dificultad consiguen consolidarse como una de las aventuras más destacadas del momento, alabada por infinidad de usuarios.

No es de extrañar, por tanto, que cuando la compañía AndNow anunció una secuela para dicho episodio, la expectación subiera como la espuma.

Aquellos que desconozcan el lúgubre pasado del carismático anti-héroe, han de saber que antaño fue un guerrero invencible, cuya osadía y atrevimiento le llevaron a batirse en singular duelo contra la mismísima Muerte a fin de conseguir la codiciada inmortalidad.

Sin embargo, tras un tiempo que equivaldría a infinidad de vidas humanas, acaba por aborrecer su propia existencia, quedando obligado a destruir los demonios de la Tierra si desea recuperar la tan anhelada mortalidad, y poder así descansar en paz.

De modo que tras mil años de incesante batalla, Chakan consigue finalmente erradicar hasta el último rastro de maldad sobrenatural y trata de acabar con su vida.

Perplejo, descubre que carece de esa opción, al tiempo que reaparece la Muerte para prevenirle de que la maldad se extiende por el vasto universo y habita en incontables planetas, pertenecientes a cada estrella, visibles desde el sombrío firmamento nocturno.

Retomando la entrega que nos ocupa, y que debería haber visto la luz en la maltrecha Dreamcast, sus mayores virtudes era preciso buscarlas en el uso de la iluminación, las texturas y, muy especialmente, en el sonido, que según manifestó la compañía desarrolladora sería incomparable al de cualquier otro juego, causando esa desagradable pero a la vez extrañamente divertida sensación de peligro inminente.

De hecho, parece ser que en Chakan se abusaba en su justa medida de esta técnica, cuando los acordes musicales cambiaban, presagiando que algo terrorífico acechaba desde la proximidad.

Tratando de acentuar aún más si cabe esta (des)afortunada impresión, sus creadores no dudaron en afirmar que, en caso de avanzar sin tomar las lógicas precauciones, la duración de la partida resultaría efímera, de apenas escasos segundos.

De modo que la clave consistiría en escuchar con relativa frecuencia y prestar especial atención a cualquier posible eventualidad, para evitar así convertirse en la presa… en lugar del cazador.

Respecto al juego propiamente dicho, se sabe con certeza que debería constar de hasta doce extensos niveles, de los cuales llegaron a concluirse al menos la mitad de ellos.

Estos a su vez estarían inspirados en escenarios interiores y exteriores, incluyendo un lúgubre bosque encantado, cuya ambientación se encargaría de despertar las sospechas y acrecentar la desconfianza, así como el nerviosismo, cuanto más se profundizara en el.

Por fortuna, para facilitar un poco su tránsito a través de los amenazantes mundos, el valeroso protagonista podía manejar a su antojo espadas de una y dos manos, pistolas de diversa índole e incluso poderosos cañones láser; conservando del anterior episodio sus dos mortíferas espadas, junto con sus abrumadores conocimientos de magia y alquimia.

Un juego, en definitiva, que no buscaba impresionar, sino asustar.

Y todo parece indicar que podría haberse convertido en un clásico desde su misma irrupción en escena, de no ser por su prematura cancelación como consecuencia del rotundo fracaso comercial que acompañó a la 128 bits de SEGA.

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