CLOUD STRIFE: UN HÉROE, MUY A SU PESAR

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Han pasado muchos años, quizá demasiados, desde mi última partida al legendario Final Fantasy VII.

Sin embargo, el recuerdo de aquel grupo de héroes maltrecho, todavía perdura.

Dejados de la mano de su patria, de su gente y de su Dios, esperando la última carga de un temible Sephiroth.

Un periodo decisivo que marcó la vida de un hombre, Cloud Strife, soldado y espadachín a sueldo.

Años de gobernantes infames, de directivos corruptos, de gentuza ruín, de crueldad y de sangre.

De lo que fuimos y lo que somos, en suma.

Pero también fueron años de coraje desesperado, de retorcida dignidad personal en un mundo que se desmorona alrededor, reflejado en la mirada triste y las palabras lúcidas de algunos eternos secundarios, representados con una perfección enternecedora a la par de memorable.

Como aficionado a los RPG’s, no puedo aportar un juicio objetivo sobre Final Fantasy VII, pues fue tal su impacto que a duras penas consigo enfrentarme a su legado con frialdad.

Es cierto que unas cosas me gustan más, otras menos o, contra todo pronóstico, no me gustan nada.

No negaré que en determinados momentos críticos, durante el último tercio de la aventura, me revolví muy incómodo en el asiento.

Aunque no es menos cierto que, incluso aquellos que de mala fe preveían un canto imperial de vengadores heroicos y rancio folclore de capa y espada, se vieron forzados a rendirle pleitesía.

Y todo se debe al espíritu del personaje que lo inspira: descarnado, lleno de pericias y estocadas, por supuesto; pero también de amargura y sagacidad extremas.

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Contando con un caudal de imágenes de atronadora belleza, hasta el punto de que algunos paisajes merecerían ser plasmados en una sucesión de pinturas.

Y ese inevitable desenlace, pardiez.

No se lo voy a contar a ustedes, porque aquellos usuarios que todavía no lo hayan disfrutado me odiarían el resto de sus vidas.

Pero comulga a la perfección con ese comienzo espectacular, con un desarrollo impecable y el sobrado carisma de todos aquellos llamados a convertirse en héroes, muy a su pesar; dejando al jugador sin aliento, atrapado por la pantalla, mientras se desmenuza y fija en su memoria la caída y ascensión del verdadero Soldado, así como de sus inseparables camaradas, atrincherados en algún lugar próximo al suyo.

Todo se desarrolla con una suavidad pasmosa, propiciando una sacudida que atrapa irremediablemente, consciente de que, ante los ojos de cada aficionado, se desarrolla de modo impecable la eterna tragedia, perpetuada desde tiempos inmemoriales.

La imagen serena del antiguo Soldado escuchando acercarse el rumor de lo inevitable, el trágico recorrido de la cámara que sigue a un funesto cometa, obligando a los sufridos protagonistas a retroceder para hacerse cargo de la situación, con una expresión sombría y temerosa, y toda esa culminación del difícil recorrido que constituyen un retrato fiel, trágico y conservador de las sociedades futuras como siempre las hemos imaginado.

Una sociedad infeliz, feroz, a trechos heroica y a menudo miserable, donde es fácil reconocerse.

Y reconocernos.

Quizá por eso, tras concluir la epopeya de Cloud y compañía, muchos de mis allegados derramaron más de una lágrima.

Llorando como niños por los personajes y su historia.

Por ese final hermoso y sobrecogedor.

Y también porque pocos RPG’s habían calado tan hondo, por aquel entonces, entre los aficionados al género.

Cuesta creer que todo esto se lo debamos a una simple marioneta en manos de su propio destino.

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