CON LA DIGNIDAD DE RYU Y COMPAÑÍA NO SE JUEGA

Ryu Hoshi Street Fighter Capcom Pixel Art Xtreme Retro

Ya son tres los lectores que coinciden en mandarme un relato – dicen que es apócrifo, pero yo apuesto lo que quieran a que es real como la vida misma – que, aparentemente, circula por ahí.

Una historia tan significativa, y tan de aquí, que sería una absoluta mezquindad no compartirla con ustedes.

Así que la transcribo con algunos retoques propios, por el morro.

Pero casi tal cual.

Hace algunos años tuve la desgracia de comprobar cómo uno de los grandes mitos de la historia de los videojuegos estaba viviendo sus horas más bajas, por culpa de la incomprensible tozudez de la propia Capcom.

Me estoy refiriendo, en concreto, al Street Fighter Zero 2 y su llegada a los salones recreativos españoles… por la puerta de atrás.

No mucho tiempo antes, cualquier nueva versión de esta mítica serie suponía todo un acontecimiento.

Estábamos ante el mejor simulador de lucha, el rey indiscutible de su género, un juego diferente que poseía una personalidad que, quizás, jamás llegue a ser igualada por ningún otro aspirante, y que, con toda probabilidad, fue uno de los mayores responsables del “boom” que sufrió este mundillo a principios de los noventa.

Street Fighter II era, sin lugar a dudas, una referencia obligada para todos los aficionados, y un objeto de culto para los incontables amantes de la compañía.

Capcom debió multiplicar por una cifra absurda e indecorosa sus beneficios gracias a este arcade, y por ello trató de exprimirlo durante los últimos tiempos… hasta que se les vio el plumero.

Y es que no dudaron en lanzar toda suerte de versiones, sin apenas alicientes, mientras que sus restantes competidores avanzaban a pasos agigantados, presentando alternativas innovadoras a la par de atractivas.

El resultado, mal nos pese, no pudo ser más desolador, hasta el punto de que Street Fighter Zero 2 fue ignorado por la mayoría de parroquianos en los salones recreativos, pasando a convertirse en poco más que un mueble decorativo.

Tan sólo algunos nostálgicos se mantuvieron fieles a esta coin-op, y a todos los que consideramos a Street Fighter II como una auténtica leyenda, sin excepción, se nos caía el alma a los pies ante el triste espectáculo.

Capcom llegó al límite con el lanzamiento de Super Street Fighter II Turbo, la última, por aquel entonces, gran secuela de la serie; pero rozó el ridículo con el indefinible Street Fighter the Movie.

Puede que entonces debiera cortar por lo sano y brindarles a sus luchadores un merecido descanso en el olimpo de los videojuegos.

Tal vez debió limitarse a programar alguna que otra versión doméstica, un modesto reestreno, y poco más.

Hubiera sido un final apoteósico para un programa que tuvo una trayectoria, a todas luces, inigualable.

Sin embargo, aquellas últimas vueltas de tuerca fueron deteriorando, lenta pero inexorablemente, un prestigio ganado a pulso durante lustros, pues la indiferencia por parte de los aficionados fue un castigo que jamás mereció semejante producto.

Las mentes pensantes de Capcom podrán hacer lo que les venga en gana con sus arcades, pero dilapidar la dignidad de Ryu y compañía parece, en efecto, algo lamentable.

Capcom, sin percatarse, convirtió al mayor mito de la lucha de todos los tiempos en una sombra de sí mismo que, mal nos pese, llegó a rozar lo patético.

Una verdadera lástima.

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