CONGRACIÁNDOME CON LOS LECTORES

Toilet Pixel Art Xtreme Retro

Mis amigos me definen, con relativa frecuencia, como el hombre más cortés del mundo.

Y aunque la cosa no llegue a tanto, no van del todo desencaminados.

En cualquier caso, sin tener la delicadeza de otros autores y lectores con los que suelo congraciarme, es cierto que nunca soy descortés cuando alguien me aborda por la calle, en determinada cafetería, o donde sea.

Cada vez, haciéndome cargo de las circunstancias, cierro el libro que leo o interrumpo la conversación que mantengo, me pongo en pie si la situación lo exige, saludo o lo que haga falta.

Incluso firmo algún autógrafo cuando me confunden con otro.

Sin problemas.

También me he prestado a alguna que otra foto con esos malditos teléfonos con cámaras que ahora todo cristo lleva encima.

Por supuesto, si alguien me pide un artículo, se lo dedico con gusto y sincero agradecimiento.

Todo eso lo hago también cuando me interrumpen en otras cosas, incluso aunque no esté de humor para la vida social.

Pues todo hay que decirlo, algunos lectores, en su espontánea buena voluntad, no siempre son capaces de calcular la oportunidad del abordaje.

Una cosa es que te recuerden algún texto tuyo, juego o personaje concreto, y que eso ocurra cuando estás solo y relajado en un lugar tranquilo, y otra bien distinta que pretendan hacerse fotos contigo, llamando la atención, en un sitio donde quieres pasar inadvertido, mientras una mujer te pide el divorcio, o cuando un amigo te cuenta que tiene cáncer y le queda un telediario, por ejemplo.

Aún así, trago.

O suelo tragar, porque ese era el precio a pagar por mantener a flote el anterior blog, bastante más popular que el actual.

Además, la gente suele ser comedida, y a menudo agradable.

A veces, sin embargo, la oportunidad desarma tu cortesía.

Una vez, en Valencia, tuve que decirle que no – sonriendo amablemente pero sin detenerme – a una mujer que exigía una foto y conversación mientras yo iba con mucha prisa porque llegaba tarde a una entrevista de trabajo, y se quedó atrás, llamándome de todo.

En otra ocasión, un apasionado lector encajó mal que me negara a fotografiarme con flash a su lado dentro de una catedral en la que se oficiaba una misa, sin que mi explicación – “este no es el lugar ni el momento adecuado” – lo convenciera en absoluto.

Pese a ello, sólo una vez mandé al individuo, literalmente, a hacer puñetas.

Ocurrió hace pocos años, mientras paseaba por Las Ramblas de Plaza Cataluña.

Yo estaba parado en la acera, hablando por teléfono con un familiar ingresado en el hospital, y un transeúnte daba vueltas alrededor, esperando a que terminase para decirme algo.

Como mi conversación se prolongaba, el hombre, impaciente, empezó a darme toquecitos en el hombro.

Lo miré, sonreí, hice un ademán indicando el teléfono, y seguí con la conferencia.

El tipo esperó unos treinta segundos y volvió a tocarme el hombro.

Dejé de hablar y lo miré inquisitivo.

“¿Tú eres el de Old School, verdad?”, dijo aquel fulano.

Compuse otra sonrisa de excusa – algo crispada, me temo -, seguí charlando por teléfono, y el prójimo, tras esperar un poco más, volvió a tocarme en el hombro.

Te sigo mucho“, dijo.

Pues deja de seguirme un rato“, argumenté.

En cualquier caso, nada de eso puede compararse con lo que me ocurrió en cierto Salón del Cómic.

Había entrado un momento al lavabo, yendo a situarme cara a la pared, donde uno se sitúa en tales lugares.

El mingitorio vecino, separado del mío por un pequeño panel de mármol, estaba ocupado por un individuo, y allí nos aliviábamos ambos, codo con codo, cada uno ocupado en sus asuntos.

Cuando de pronto, a media faena, el fulano se volvió a mirarme y exclamó: ¡Anda la hostia, si es José Andrés, el de Old School Generation!”.

Imaginen mi situación.

Aún así, con cierta presencia de ánimo, hice lo que pude sin desatender a la delicada operación en que me hallaba.

Sonreí y, algo cortado, dije buenos días.

Mi compañero improvisado de toilette debía ser un jugador incondicional de la vieja escuela, algo entusiasta, porque, no satisfecho con el intercambio verbal, se aplicó unas sacudidas monumentales en el instrumento para acabar pronto, dijo “tanto gusto” y me tendió, por encima del panel de mármol, una mano franca.

No sé qué habrían hecho ustedes en mi lugar.

Yo tenía ambas manos ocupadas, por supuesto, donde pueden imaginar.

Pero en la estrechez de aquello, no había escapatoria posible.

Además, la sonrisa del hombre era feliz, resplandeciente de pura sinceridad.

Así que, resignado, liberé la diestra lo mejor que pude, y con ella estreché la de aquel cabronazo.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Xtremeretro

About Xtremeretro

X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.