CRÍTICAS INFUNDADAS A LOS VIDEOJUEGOS

Recuerdo con cierta desazón el trato que se le ha brindado a la industria del videojuego durante las últimas décadas.

Ese linchamiento preventivo se ha llevado a cabo en virtud del viejo principio de más vale un por si acaso que un quién lo iba a decir.

Así que imagínense lo que habría ocurrido si los otrora apestados juegos de rol combinaran elementos propios de los clásicos beat’em up con los más modernos FPS.

La última noticia que me incomodó seriamente fue aquella del, cito textualmente, asesino de Final Fantasy, aunque ignoro en qué acabó la cosa.

Porque ésa es otra.

Aquí abundan las primeras páginas y a todos los telediarios les falta tiempo para hacerse eco del funesto acontecimiento, pero en cuanto la gente se aburre del asunto, cambiamos de tema radicalmente, dejando un mal sabor de boca que raramente se disipa.

Llegados a este punto, no puedo evitar preguntarme quién fué el zoquete que dijo eso de que España es tierra de quijotes.

O aquel fulano no tenía ni la más remota idea de en qué país se jugaba los cuartos, o dulcificaba sus palabras hasta el extremo.

Como mucho, en el mejor de los casos, eso de Qujotelandia era antes, y según de qué manera.

Pues lo que los españoles hemos sido tradicionalmente, incluso en los más destacados momentos de nuestra historia, es una pandilla de sanchopanzas analfabetos, insolidarios, proclives al escopetazo cainita con posta lobera, que sólo encontramos unidad en la envidia, el degüello o el linchamiento.

Lamento comunicárselo a ustedes así, a quemarropa; pero el arriba firmante sabe perfectamente que en este país hay cosas que podemos hacer fatal, pero aquí envidiamos, degollamos y linchamos a cualquier medio desconocido como nadie.

Y lo que más encona el asunto, lo que más energía imprime a la mano que abre la navaja o empuña la piedra de lapidar, es nuestro propio miedo.

Nuestra ignorancia.

Eso antes era una excusa.

Quiero decir que aquel pobre, valeroso y miserable animal de bellota que empalmaba la navaja para asaltar franceses más o menos ilustrados, y luego se uncía al carro del mayor hijo de puta que ciñó corona en España para gritar !Vivan las caenas!, carecía de información y de medios para el análisis crítico, y así fueron las cosas.

Pero en estos tiempos ya nadie puede esgrimir la coartada que siempre permitió barnizar las atrocidades pasadas.

El que arremetía contra judíos o moros, el campesino que, azuzado por el cura, mataba liberales a pedradas, el miliciano que arrastraba por la calle al de derechas hecho añicos, y todas las viceversas que ustedes quieran, podrían alegar, en su descargo, la malabestiez de sus personas, embrutecidas por siglos de oscuridad, desesperación e ignorancia.

Pero ahora ya no es posible.

Ahora todo el mundo sabe leer, y conoce tiendas donde se recomiendan videojuegos exclusivos y acordes con ciertas edades, y va al cine, y ve la tele, y hay – manipulada o no – más información circulando de la que nunca hubo.

Y ahora quien compra cualquier cosa o le da un mal uso es porque quiere, y quien le da su apoyo parlamentario al PP o al PSOE y cree en los Reyes Magos es porque quiere.

Aquí ya no se encuentran inocentes ni en las incubadoras.

El trato que se le ha dado a los videojuegos en determinadas cadenas y periódicos sensacionalistas, como todos los linchamientos insolidarios y cobardes – basta con ver el final prematuro de Old School Generation -, no tiene más causa que el egoísmo, la falta de caridad, la mala fe de una condición humana agravada en sus peores aspectos por la ciénaga mezquina, demagógica, autosatisfecha, en la que chapoteamos a diario.

Exigimos una televisión más culta y después nos sentamos ocho millones a ver programas de intenso efecto laxante.

Apuñalamos por un partido de fútbol o por el color de la piel.

Escarnecemos en mujeres de presidiarios lo que nadie osó en sus maridos cuando eran canallas libres y poderosos.

Enseñamos a nuestros hijos, desde bien temprano, a meter la mano con la piedra en el tumulto para rematar al pobre desgraciado que está en el suelo.

Somos zafios, ruines y cobardes demasiado a menudo.

Por eso no puedo evitar avergonzarme de que algunos telediarios, periódicos y revistas, responsables de crear contenido y opinión, enfaticen esos aspectos tan negativos de la condición humana, y los asocien con una industria cargada de valores a todas luces positivos.

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Xtremeretro

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico.
Pasad, pasad… bajo vuestra propia responsabilidad.