CRYSTAL CASTLES

Para su época, Crystal Castles era tremendamente ambicioso: senderos, puentes, cornisas y ascensores decoraban las estructuras tridimensionales que se extendían por un mapa de otro mundo.

El protagonista, Bentley Bear, conquista mapa tras mapa recogiendo unas gemas a toda velocidad.

Esqueletos, brujas y árboles animados plagan el camino de Bentley y, si pasa demasiado tiempo en una pantalla, aparece un enjambre de abejas que le persigue.

Aunque por fortuna, gracias al controlador trackball, es posible moverse muy rápido: de un golpe puedes recorrer toda la pantalla recogiendo las gemas que haya por el camino.

El diseño, como decíamos, era muy detallado: el programador Franz Lanzinger añadió todo lo que pudo en cada escenario; cada uno de los treinta y siete mapas parecía abarrotado, y ofrecía una perspectiva ortorrómbica que en los últimos niveles era bastante desconcertante.

Y el control era rápido, pero muy sensible; sobre todo cuando intentabas dar pequeños pasos o querías cubrir ambos lados de un sendero ancho.

La perspectiva general también explica por qué ninguno de los personajes, que de hecho son bastante graciosos, se convirtió en una estrella de las máquinas recreativas.

Dicho lo cual, Crystal Castles va sobrado de encanto y es absorbente, incluso con sus defectos.

El diseño de las pantallas es ingenioso, con paisajes semiocultos y lentos ascensores que ponen a prueba tus reflejos y te tientan a explorar más.

Normalmente, cuando acabas el juego no vuelves de nuevo al principio; lo cual fue una innovación en su época, y es otra de las razones por las que llegó al mercado doméstico.

Ha tenido muchas versiones para consolas de sobremesa e incluso está en la web oficial de arcades de Atari, donde se puede jugar gratis a una versión completa de Flash.

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