CUESTIÓN DE HONOR

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Hubo un tiempo en que los chavales nos pegábamos a la salida del colegio porque, durante el recreo, alguien había puesto en duda nuestra palabra de honor.

En aquella época, más ingenua que ésta, e influenciada, además, por la literatura, el cine y, muy significativamente, los videojuegos, poner el honor como aval de esto y lo otro era un argumento al que algunos recurríamos con cierta soltura.

Quizá porque también escuchábamos esa palabra en boca de nuestros mayores.

En cualquier caso, con esa recta honradez que suelen tener los muchachos mientras no crecen, algunos solíamos llevar el asunto hasta las últimas consecuencias.

A veces, tras una pequeña escaramuza, nos dábamos incluso la mano.

De cualquier modo, como digo, eran otros tiempos.

Hoy le hablas a un rapaz de honor, y lo más probable es que te mire como si acabaras de fumarte algo espeso.

En el mejor de los casos, algunos pensarían en rancios lances de capa y espada, o en gentuza que ocasionalmente aparece en el telediario diciendo “prometo por mi honor cumplir los deberes de mi cargo“, etcétera.

Y es que no hay nada más eficaz para corromper la palabra honor que asociarla a un político, pasado, presente o futuro, independientemente de sus partidos o ideologías.

Igualados, eso sí, en la misma desvergüenza.

Pero aquí no pretendemos tratar de políticos, ni de jóvenes.

A fin de cuentas, esto es un blog de videojuegos, y cada sociedad, en su momento, es lo honorable que llega a ser el conjunto de sus individuos.

Las menudas honras, que decían los clásicos cuando ambas palabras, honra y honor, andaban emparentadas, y no siempre para bien.

Muchas son las infamias que en otro tiempo se cometieron en nombre de una y otra, como sigue ocurriendo.

No hay palabra, por muy noble que sea, que no deje una estela de canalladas perpetradas al socaire.

Sin embargo, pese a todo eso y a la lucidez obligada del siglo en que vivimos, a veces lamentas no encontrarte con más frecuencia a gente en la que el honor sea algo más que una fórmula equívoca o un recurso demagógico, vacío de sentido.

A fin de cuentas, la propia estima, los deberes respecto al prójimo y de uno mismo, también ayudan a conseguir un mundo mejor y más justo.

O, ya puestos, a soportar el que tenemos.

Por supuesto, estas mismas reflexiones pueden aplicarse al ámbito de los videojuegos; especialmente si nos referimos a las partidas on-line, aunque no necesariamente.

Recuerdo una historia personal que viene como anillo al dedo.

Ocurrió hace casi diez años, cuando yo conducía de camino a Valencia para visitar a mi difunta abuela.

Adelanté frente a un cambio de rasante, con el espacio justo para ponerme a la derecha sólo unos palmos antes de la línea continua.

En ese momento, una pareja de la Guardia Civil coronaba la rasante; y el primero de ellos, creyendo desde su posición lejana que yo había pisado la línea, hizo gestos enérgicos para que detuviese el vehículo.

Paré en el arcén, seguro de que no había llegado a infringir las normas.

Se acercó un policía joven, corpulento, hosco.

Ha pisado usted tal y cual, dijo.

Me bastó echarle un vistazo a su cara para comprender que de nada servía discutir.

“¿Quién está al mando?”, pregunté con mucha corrección.

Me miró, desconcertado.

El cabo“, respondió, señalando al compañero que se había estacionado al otro lado de la carretera.

Salí del coche, crucé el asfalto y me acerqué al cabo.

Era veterano, bigotudo.

Pagaré la multa con mucho gusto“, dije.

Sólo quiero pedirle que antes me permita hacerle una pregunta“.

Me miraba suspicaz, sin duda preguntándose adónde quería ir a parar aquel fulano redicho que tenía delante.

“¿Me da usted su palabra de honor – proseguí – de que me ha visto pisar la línea contínua?”.

Me estudió un largo rato, sin abrir la boca, y al fin hizo un seco ademán con la cabeza.

Puede irse“, respondió.

Entonces fui yo quien se lo quedó mirando.

Gracias“, dije.

Le tendí la mano y él, tras una brevísima vacilación, me la estrechó.

Di media vuelta y me subí de nuevo al coche.

Fin de la historia.

Y ahora, intenten imaginar una situación parecida en cualquier videojuego de rabiosa actualidad.

No digamos ya en la vida cotidiana.

“¿Me da usted su palabra de honor, señor guardia?”.

El policía revolcándose de risa por el arcén, y luego, con toda la razón del mundo, haciéndote la prueba con el alcoholímetro y calzándole tres multas: una por pisar la continua, otra por conducir mamado, y la última por gilipollas.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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