DONKEY KONG COUNTRY

Hablar de este Donkey Kong es hablar de Shigeru Miyamoto, y del nacimiento de una saga prodigiosa que sirvió de pistoletazo de salida a la carrera meteórica de Nintendo como compañía líder en el difícil reinado del videojuego.

El primer Donkey Kong debutó en los recreativos y hanheld en 1.981, pasando a ser la máquina más jugada del momento.

Su perfecta concepción de arcade de plataformas, con tan sólo cuatro fases diferentes y ocho colores simultáneos, bastaron para convertirlo en el buque insignia de Nintendo durante cuatro años.

El malvado gorila, un rejuvenecido Cranky Kong, raptaba a la novia de Mario y le obligaba a ir en su búsqueda a través de andamios, barriles, bolas de fuego y muelles traicioneros.

Para que os hagáis una idea, en aquel momento el juego más sofisticado de salón recreativo era el popular Phoenix.

Más tarde surgió Donkey Kong Jr., y los papeles cambiaron: Mario se convertía en un gamberro que raptaba al gran gorila, y forzaba al pequeño Kong, padre del actual protagonista de la saga, a atravesar una serie de fases repletas de lianas y otros parientes.

Poco después llegaría la tercera parte – ¿recordáis algo sobre abejas, panales y un gorila que desciende poco a poco? -, y la cuarta que pasó sin pena ni gloria.

Luego llegarían las conversiones para NES, ordenadores de 8 bits y la excelente versión de Game Boy, que recreaba momentos estelares del mito junto a 100 fases más.

Pero la consagración total del mono loco no llegó hasta la aparición de este prodigio de 32 megas llamado Donkey Kong Country, nacido con la aureola de ganador y concebido bajo la atenta mirada de los padres más exigentes: Nintendo, Rare y Silicon Graphics.

Cuando todos los ojos se dirigían a las nuevas tecnologías y las primeras imágenes de Ultra 64 se asomaban a todas las revistas del mundo, Nintendo exprimió un poquito más las cualidades de SNES para crear un magnífico universo de gráficos renderizados, multiplayer scrolling de impecable factura, 256 colores simultáneos en pantalla, y esa mágica jugabilidad que sólo Nintendo es capaz de imprimir al desarrollo de sus títulos.

Todo en Donkey Kong Country rezuma buen hacer y el encanto de una máquina que, incluso en la actualidad, sigue demostrando que los años no pasan para ella.

Técnicamente nos encontramos ante un arcade, que utiliza casi al límite los potentes coprocesadores de SNES para reflejar un mundo renderizado, donde los personajes y su animación son prácticamente reales, y las nevadas en Gorilla Glacier producen verdaderos escalofríos.

Tras observar la ingeniosa intro, comprendemos que estamos ante un juego diferente, que parece tener vida propia.

Da la impresión de que, una vez apagada la consola, todos los personajes y escenarios continuarán su devenir por los cálidos circuitos de nuestra máquina.

Donkey Kong Country atraviesa nuestros sentidos y nos obliga a pestañear, abriendo más los ojos para saborear la espléndida calidad de todos sus matices.

Os podría hablar de la impresión que produce jugar en los niveles submarinos, con una increíble melodía, de la sensación de oscuridad y peligro que acechan en las fases cavernarias con eco incluido, de los vertiginosos viajes en vagoneta, de las impresionantes escenas con nieve o de los reflejos en Slipside Ride, pero no serviría de nada porque DKC no se puede contar, hay que vivirlo.

Os podría hablar durante horas y horas sobre él, puesto que todo ha sido estudiado matemáticamente: cada salto, cada secreto, todo.

Y he aquí que llega el momento de hablar de jugabilidad, aunque a estas alturas ya deberíais tener una idea bastante clara.

Esa fascinante palabra es imposible de definir, pero nació adherida a Nintendo con el lanzamiento del primer Donkey Kong.

Es posible que los secretos de DKC sean menos secretos que en Super Mario World, y que no tardéis demasiado en llegar al final hipotético del juego – que no al cien por cien del mismo -, pero ante un cartucho así es muy difícil encontrar el más mínimo defecto.

Donkey Kong Country fue el tributo navideño de Nintendo hacia sus fieles seguidores, y sigue siendo el pasaporte hacia lo épico y lo mítico.

Jugad con él y me comprenderéis un poquito más.

Así, Donkey Kong vio cumplido su sueño: volver del pasado y convertirse de nuevo en el buque insignia de la compañía que le catapultó al estrellato catorce años atrás.

El sueño del mono loco comenzó de nuevo con más fuerza e intensidad que nunca.

Y nosotros encantados, claro.

EN SÍNTESIS

En lo visual, podéis contar con los mejores gráficos, animaciones, colorido y efectos de Ghost Layering jamás vistos en una consola de 16 bits.

La banda sonora acompaña a la perfección todos los parajes del juego, y las melodías de cada fase son soberbias, como mínimo.

Por si fuera poco, todo el juego tiene un sonido FX exclusivo, y los mordiscos de Klap Trap o los gruñidos de Donkey ponen la guinda al pastel.

Y en lo jugable, qué os vamos a contar: en este apartado no había quien ganase a Nintendo, y lo demostraron una vez más pulverizando todos los registros.

EL SUEÑO DEL MONO LOCO

Este lanzamiento se convirtió, por derecho propio, en el mejor juego para las navidades de 1.994 en todos los formatos: un merecido homenaje de Nintendo y Rare al personaje que más fama y gloria ha dado a esta compañía, junto al bueno de Mario.

Super Nintendo volvió a demostrar, una vez más, por qué era y sigue siendo una de las mejores consolas de la Historia, así de simple y rotundo.

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