EL BAR SCUMM

Scumm Bar

Deslizarte bajo el manto de una noche estrellada, en la atmósfera gris de una ensenada alejada de la mano de Dios, suscita en ocasiones una melancolía singular.

No hay sol que reverbere en las paredes blancas de los edificios, y el agua que quedó atrás, en la bocana, no es azul cobalto al mediodía, ni al atardecer tiene ese color de vino tinto por cuyo contraluz se deslizaban, en otro tiempo remoto, naves negras con calaveras pintadas en la proa.

En lugares como estos, tan ignortos y maravillosamente pixelados, el paisaje lo contamina todo de una vaga tristeza, imprecisa.

Invita a pensar en esos finales de travesía, o en barcos que jamás llegaron a buen puerto, tripulados quizá por temidos piratas como el infame LeChuck.

En hombres que dan la espalda al mar, al final del camino; obligados a envejecer tierra adentro, prisioneros de sus recuerdos.

Esa humedad brumosa, impropia de la zona y la estación, aflige como un presentimiento, o acaso una certeza.

Y mientras inspeccionas el emplazamiento no puedes evitar pensar en los innumerables marinos que un día se distanciaron de su barco por última vez.

También, por contraste, sientes la nostalgia del destello luminoso y azul: salitre y pieles jóvenes tostadas bajo el inclemente sol, rumor de resaca, olor a humo de hogueras hechas con madera de deriva, sobre la arena húmeda de playas desiertas y rocas labradas por el paciente oleaje.

Memoria de otros tiempos.

De otros hombres y mujeres.

De ti mismo, quizás, cuando también eras otro.

Cuando disfrutabas con el inconmensurable placer de las aventuras gráficas, y en los puertos tan sólo presentías océanos inmensos e islas a las que nunca llegaban órdenes judiciales de busca y captura, y aún estabas lejos de contemplar el mundo como lo haces hoy: mirando hacia el futuro sin ver más que tu pasado.

En el bar SCUMMreliquia centenaria sentenciada a muerte tras el declive de LucasArts – se perpetúan los hombres recios que beben grog y fuman, junto a las ventanas por las que se intuyen, a lo lejos, las embarcaciones amarradas en el muelle próximo.

Casi todos ellos lucen una piel tostada y cuarteada por las arrugas, el aire rudo y masculino, la mirada gris apagada como el panorama exterior, las manos ásperas y resecas del agua fría, …

A otro incluso se le aprecia un tatuaje en el antebrazo, semioculto por la camisa: una mujer torpemente dibujada, descolorida por el sol y el inexorable paso del tiempo.

Grabada, supones, cuando una piel tatuada – mar, cárcel, puterío – todavía significaba algo más que una moda pasajera o un simple capricho.

De cuando esa marca en la piel insinuaba una biografía.

Una historia peculiar, turbia a veces, que contar.

O que callar.

Con escasos modales, te invitan a un trago de grog.

Y antes de coger el vaso para llevártelo a los labios, aún consigues apreciar su textura y fuerte sabor, disipando los ecos de la vieja memoria, sabores y olores vinculados a ese mar próximo, hoy fosco y velado de gris.

Tales imágenes se abren paso como si en tu vida y recuerdos alguien hubiera descorrido una cortina, y el paisaje familiar estuviese ahí de nuevo, nítido como siempre.

Y comprendes entonces que la bruma que gotea en tu corazón sólo es un episodio aislado, anécdota mínima en el tiempo infinito de un mar eterno; y que en realidad todo sigue ahí pese a las nuevas generaciones de consolas, la caída en desgracia del género o la desmemoria.

El sabor de aquella bebida es idéntico al que conocieron quienes, buscando la isla del mono, se adentraron en ese recóndito lugar, navegando en pos de la muy propia aventura y persiguiendo un sueño imposible, útero de lo que fuimos y lo que somos.

Por eso, en días como este, reconforta que el añejo bar SCUMM siga intacto al otro lado de la pantalla.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.