EL DESCANSO DEL GUERRERO

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Dio la espalda al castillo y caminó alejándose de sus frías salas, consciente de que nunca volvería a transitar por ellas.

Dejando atrás los solemnes muros de piedra, engalanados por majestuosas cortinas y velas ocasionales.

Le sorprendió no experimentar melancolía, ni nostalgia.

El camino le pareció insólitamente firme, habituado como estaba a la superficie lisa y traicionera de su antigua morada.

Asentaba suspicaz un pie ante el otro, con la cautela de quien considera engañosa la inmovilidad de la tierra firme.

Su aventura había concluído, y el pensamiento le hizo sonreír de un modo torcido y amargo.

Él tenía la clave de su propio destino, y el deber de regresar a casa.

Pero, ¿por qué debía regresar?, se había preguntado mientras contemplaba el solemne castillo desde la lejanía.

Ignoraba la respuesta, pero tenía la certeza de que, tarde o temprano, todos los héroes victoriosos lo hacían.

Recordó mientras caminaba aspirando el aroma de los pinos que ensombrecían la ladera.

Tantos años transcurridos.

Ese mismo sendero en dirección opuesta, hacia su pueblo natal.

Algunos hombres jóvenes de sueño inquieto, con gotas de lluvia en el corazón y aventura en la mirada, que subían la cuesta junto a él, alborotadores y ruidosos en grupo como muchachos que disimulan su incertidumbre, cada uno en pos de sus particulares anhelos.

Mujeres inmóviles en las proximidades del poblado, viéndolos alejarse en silencio, sentenciadas en adelante a una larga soledad, al tejer criando hijos que un día seguirían, también, el mismo camino de los que se fueron.

Condenadas a marchitarse junto al fuego del hogar rumiando oscuros pensamientos mientras ellos tejerían, entre reyertas y canciones, destinos épicos cantados por poetas o novelistas.

Aunque esa era la parte visible y duradera, en el lado luminoso de la trama.

Perdió el hilo de sus pensamientos y volvió a recobrarlo gracias al ritmo de sus pisadas.

Seguía recapitulando mientras se adentraba en el bosque por un sendero descendiente que serpenteaba entre las colinas.

Noches negras guarnecido de bronce, doblegándose ante el frío, aguardando junto a los pocos compañeros supervivientes el momento de salir a pelear.

Temporales de increíble furia y atardeceres de calma absoluta.

Cuevas infestadas por esqueletos, peligrosas guaridas dominadas por vampiros, y amenazadores muros bajo los que centenares de hombres caían muertos, rebozados de polvo.

Miles de lanzas de combate, incendios en la distancia, pasillos de palacios resbaladizos de sangre donde, en el rojo de los incendios, se recortaban siluetas aladas que sesgaban a su paso más vidas humanas.

Se miró las manos, llenas como estaban de marcas, con las primeras manchas de la vejez insinuándose en el dorso.

Manchas y cicatrices semejantes a las que, sabía, mostraba su rostro.

Otros no habían llegado a envejecer como él, recordó.

Habían terminado su camino antes del tiempo de las preguntas con respuesta, cuando todo era virgen, simple y fácil todavía.

Sobrevivir, matar y morir.

Él hacía ahora en solitario aquel camino de regreso porque era su destino, y porque los demás habían ido desapareciendo uno tras otro; muchos en el vigor de la juventud, héroes de corazón ambicioso y puro al mismo tiempo, conscientes de que los engullía la gloria, la aventura y la propia reputación.

De que serían celebrados de un modo u otro por los poetas y los hombres.

Vengados por sus amigos.

Era fácil, así, perecer en el temporal de la batalla, o extinguirse entre la sangre derramada por los enemigos.

Simple y directo, sin titubeos ni atajos.

Cualquier guerrero podía aspirar a eso todavía, en aquel tiempo lejano.

Llorados por los compañeros y por las mujeres.

Por centenares de generaciones venideras.

Seguía mirándose las manos y le pareció advertir restos de sangre bajo las uñas.

Intentó situar aquella sangre en su memoria y al cabo desistió, desalentado.

Podía ser, en realidad, sangre de cualquiera.

De un enemigo o de un camarada.

De él mismo, tal vez.

Se frotó los dedos en el pantalón.

Y qué pasa cuando uno no muere, se interrogó de pronto.

Cuando sigue vivo, y camina lejos, y recuerda.

Y encanece mientras recuerda.

El mundo se divide, pensó melancólico, entre los hombres que tienen sangre en las uñas y los que no.

O simplemente no son capaces de verla.

Sangre de otros o de uno mismo.

Sangre de lo que fuimos.

De lo que somos.

Seguía caminando, absorto.

El camino le resultaba ahora más trabajoso de andar.

Se detuvo entonces, fatigado, sin ceder a la tentación de volverse a mirar atrás, hacia el imponente castillo que sabía a su espalda, visible entre las copas de los árboles.

Siguió así un rato, inmóvil, mirando el sendero que discurría ante él, presa de una inmensa desgana por seguir adelante.

Con un creciente desinterés por el camino que aún quedaba por recorrer hasta su humilde hogar, y todo cuanto sus allegados habían dispuesto para él.

No era por lo que dejaba atrás.

Alejarse de los recintos, antaño sujetos a Vlad Tepes, no le causaba aquella incómoda sensación, mezcla de pereza e incertidumbre, sino el hecho de adentrarse cada vez más en una tierra que, tanto tiempo después, le resultaba por completo indiferente.

De pronto se le hacía insoportable la idea de caminar hacia una casa cuyo calor había olvidado, besar a una mujer ya extraña, y sentir los pasos de un hijo al que no había visto crecer.

Ninguno de los fantasmas que arrastraba consigo, concluyó, tenía ya nada que ver con aquello.

Indeciso, oyó ladrar perros a lo lejos.

Ladridos de perros jóvenes, nacidos después de su inevitable marcha, ajenos al olor de su cuerpo, al tacto de sus caricias y a la disciplina de sus palabras.

Los viejos perros, como el suyo, estarían muertos, pensó, o demasiado cansados para olfatear al amo vigoroso que un día se fue lejos, en pos del sueño que, periódicamente, arrojaba a miles de hombres a enfrentarse contra el Principe de las Tinieblas.

Me he convertido, se dijo, en aquel a quien sus perros no conocen.

Imaginó el futuro, de pronto.

Días de lluvia interminable junto al fuego del hogar y a una mujer ahora desconocida, tejiendo silenciosa mientras él, apoyado en la ventana, miraría el paisaje gris recordando otros lugares, con doncellas jóvenes asombradas por su valía.

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Rostros rojizos bajo la tenue luz de las velas, recuerdos de camaradas vivos y muertos, relatos de hazañas, de batallas, de peligros, de hermosas vampiras que besaban en la frente a los que habían de morir, e inmortales que abrazaban un funesto destino con tal de proteger al clan elegido.

La irresponsabilidad del guerrero que todo lo deja atrás, cruzando una tras otra las sucesivas líneas de sombra.

Miró unos instantes más el camino y sonrió, al cabo.

Fue la suya una sonrisa carente de humor, desesperada y dirigida a sí mismo.

Entonces dejó de observar el sendero descendiente para contemplar el castillo que resplandecía bajo la blanquecina luz de la luna.

Finalmente, inclinó la cabeza y desanduvo el trecho recorrido, hasta que dejó de escuchar el ladrido de los perros.

Permaneció toda la tarde alli sentado, y regresó al castillo pasada la media noche.

Tenía el paso seguro y esbozaba una sonrisa diferente en los labios, pues había conquistado, al fin, su merecido descanso.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.