EL FINAL DE TERRANIGMA

Terranigma Ark Pixel Art Enix Quintet Xtreme Retro Super Nintendo RPG

La epopeya de Ark nos brindó la esperanza de un mundo mejor, con hombres visionarios y valientes que pretendían cambiar la historia, aunque probablemente terminaría con banqueros, políticos, mercaderes y sinvergüenzas jugando al golf sobre los cementerios donde quedaron sepultadas tantas revoluciones fallidas y tantos sueños.

Sin embargo, es otra imagen más amable la que nos conceden los momentos póstumos de este excelentísimo Action RPG.

Y tal vez hoy sea el día adecuado para divagar brevemente sobre tan enigmático desenlace, aunque sin entrar en detalles, para evitar desgranar la trama a quienes no hayan profundizado en tamaña aventura.

Por ello quiero centrarme en una bandada de pájaros, que en nuestro pequeño relato se habría estado congregando durante días en un palmeral mediterráneo, antes de volar hacia el sur en busca del invierno cálido de África.

Ahora viaja sobre la mar, extendida tras los líderes que vuelan en cabeza, dejando atrás las nubes, la lluvia y los días grises, hacia un horizonte de cielo limpio y agua azul cobalto donde se perfila la línea parda de la costa lejana.

Allí encontrarán aire templado y comida, construirán sus nidos y tendrán crias que en primavera retornarán con ellos otra vez hacia el norte, sobre ese mismo mar, repitiendo el rito inmutable y eterno, idéntico desde que el mundo existe.

Pero muchos de los que viajan al sur no volverán, del mismo modo que muchos de los que hicieron a la inversa el último viaje quedaron atrás, en las tierras ahora frías del norte.

Eso no es malo ni bueno; simplemente forma parte de la vida con sus leyes, y el código de cada una de esas aves afirma en el silencio de su instinto que hay cosas que son como son, y nada puede hacerse para cambiarlas.

Viven su tiempo y cumplen las reglas de ese dios impasible llamado Vida, Muerte o Naturaleza.

Lo que importa es que la bandada sigue ahí, viajando hacia el sur año tras año.

Siempre distinta y siempre la misma.

Entonces, una de las aves se retrasa.

La bandada vuela delante, negra y prolongada, inmensa.

Los machos y hembras jóvenes aletean tras el lider de líderes, el más fuerte y ágil de todos.

Huelen la tierra prometida y tienen prisa por llegar.

Tal vez el ave rezagada es demasiado vieja para el prolongado esfuerzo, está enferma o cansada.

En cualquier caso, su aleteo desesperado no basta para mantenerla junto a las otras.

Salió al tiempo que todas, pero las demás la han adelantado y se rezaga sin remedio.

Ya hay un trecho entre su vuelo y los últimos de la bandada, los más jóvenes o débiles.

Un espacio que se hace cada vez más grande, a medida que aquellos se distancian en su avance.

Y ninguno mira atrás.

Estan demasiado absortos en su propio esfuerzo, en no perder el contacto con el grueso de la bandada.

A decir verdad, tampoco podrían hacer otra cosa.

En momentos como éste cada cual vuela para sí, aunque viaje entre otros.

Son las reglas.

El rezagado bate las alas angustiado, sintiendo que las fuerzas lo abandonan, mientras lucha con la tentación de dejarse vencer sobre el agua azul que está cada vez más cerca, pues su vuelo pierde poco a poco altura.

Pero el instinto le obliga a seguir intentándolo: le dice que su obligación, inscrita en su memoria genética, consiste en hacer cuanto pueda por alcanzar aquella línea parda del horizonte, lejana e inaccesible.

Durante un rato lo consoló la compañía de otra ave que también se retrasaba.

Volaron en pareja durante un trecho, y pudo ver los esfuerzos del compañero por mantenerse en el aire, primero cerca de la bandada y al fin a su lado, antes de ir perdiendo altura y quedar atrás.

Hace rato que el rezagado es el último y vuela solo.

La bandada está demasiado lejos, y él sabe que no la alcanzará nunca.

Aleteando casi a ras del agua, con las últimas fuerzas, el ave comprende que la inmensa bandada oscura volverá a pasar por ese mismo lugar hacia el norte, cuando llegue la primavera, y que la historia se repetirá año tras año, hasta el final de los tiempos.

Habrá otras primaveras y otros veranos hermosos, idénticos a los que él conoció.

Es la ley, se dice.

Líderes jóvenes y vigorosos, arrogantes, que un día, como él ahora, aletearán desesperadamente por sus vidas.

Y mientras recorre los últimos metros, resignado, sonríe y recuerda hazañas de otra vida pasada, que ahora le parecen casi un sueño distante…

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.