EL MUNDO A TRAVÉS DE LOS OJOS DE “SNAKE”

Me encontré con Snake una de esas mañanas apacibles en que hasta los más miserables se cansan de darle al gatillo, y entonces, durante escasas horas reina cierta tranquilidad.

Cada vez que esto ocurre el silencio se apodera del lugar, y se extiende de forma inusual entre las ruinas de edificios que antaño fueron un hervidero de actividad, de los que emergen figuras pálidas y enegrecidas por la suciedad, moviéndose sin rumbo fijo entre los escombros de lo que una vez, en un pasado no muy remoto, fueron sus casas y oficinas.

Debido a la guerra sobreviven privados de la luz, bebiendo agua contaminada que, en el mejor de los casos, recogen en los momentos de relativa calma.

Es entonces cuando se los ve asomar entre los edificios derruidos, desconfiando de aquella luz exterior que podría delatarles, aunque la necesidad les obliga a aventurarse.

De modo que reunen el valor suficiente para buscar su sustento, en un intento patético y miserable.

Y poco a poco, como quien no quiere la cosa, estas figuras espectrales se van multiplicando, dejando tras de sí un desolador paisaje de seres escuálidos y exhaustos.

Como decía al principio, era una de aquellas mañanas en las que el sol queda parcialmente oculto sobre los esqueletos de los edificios, impregnados por ese olor inconfundible que caracteriza a todas las guerras, a cenizas y materia orgánica quemada – basura, animales quizá, o incluso seres humanos – pudriéndose bajo los escombros.

Ese olor tan desagradable que no encuentras en ninguna otra parte y te acompaña durante días.

Era, en definitiva, una de aquellas mañanas sin muerte inmediata, y durante un breve periodo de tiempo la expresión de la gente no era de terror, sino de cansancio, con esa mirada triste, vacía y distante que han adquirido aquellos que, muy a su pesar, viven en la antesala del mismísimo infierno.

Una de aquellas mañanas en las que, por suerte o por desgracia, la guadaña portadora de muerte descansa mientras la afilan de nuevo; y allí estaba Snake, apoyado junto a los escombros de un portal, aprovechando en beneficio propio la tregua, y un servidor, con ese consuelo egoista que proporciona saberse testigo y no protagonista, y poder apagar la consola para distanciarse por siempre de allí.

Pero mientras permanecía a su lado pensaba en escribir este artículo, sabiendo de antemano que podría teclear durante horas y nunca lograría transmitir el infinito desconsuelo y soledad que experimentaba el sufrido protagonista, mientras evitaba la muerte adentrándose en una de tantas casas abandonadas, destrozada impunemente por las bombas, y engalanada por muebles astillados, cortinas hechas jirones e impactos de metralla por doquier.

Con fotografías pisoteadas entre las cenizas y deformadas por el inclemente paso del sol y lluvia.

En ellas se aprecian rostros amigables, con ojos fatigados y sonrisa lejana que parece evaporarse como un pensamiento distante.

Entonces te preguntas cuántos sueños, cuánto amor y cuántas ilusiones deshechas conforman este mundo ajado y sucio al que nosotros llamamos Metal Gear (Solid).

De hecho, el pasado de su atípico protagonista no es muy diferente al de estos trágicos personajes.

Uno de sus recuerdos más significativos, y sin embargo infravalorados, estuvo presidido por un soldado raso que caminaba despacio, con dificultad, y se apoyó junto a su prisión improvisada para descansar por un momento.

Tras su pasamontañas se adivinaba un pelo canoso y quizá barba de tres o cuatro días, y entre sus pertenencias guardaba con recelo una misteriosa foto.

Al principio intuyes que pretende sacarle información al atípico héroe, pero pronto descubres que no es así.

Habla con dificultad su idioma, pero al cabo de un instante desgrana su historia, que dicho sea de paso, tampoco es una historia original en esta serie: un padre privado de ver a su retoño y lejos del hogar, al que quizá no volverá jamás.

Simpatizas con su gesto resignado y la dignidad con que relata sus desdichas.

Después te enseña la preciada foto, desgastada de tanto repasarla una y otra vez.

Por fin suspira y, antes de alejarse, guarda con extraordinaria ternura esa imagen, que a la postre es cuanto le queda de su família y su memoria.

Y aún tiene el valor suficiente para esbozar una supuesta sonrisa.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.