EL ORIGEN DE LOS CRÉDITOS FINALES EN LOS VIDEOJUEGOS

En los inicios de la industria del videojuego las grandes compañías desarrolladoras se atribuían todo el mérito de la labor realizada por los programadores, llegando al extremo de prohibirles de forma expresa dejar constancia de su participación en la creación de los distintos juegos, ya fuera dentro del programa o bien en los cartuchos.

Esta situación provocó que muchos profesionales se revelasen para crear sus propias compañías.

Por aquel entonces tan sólo Warren Robinett, uno de los jóvenes talentos de Atari, se las ingenió para incluir su nombre en el código del título que estaba desarrollando; de modo que si el usuario cumplía una serie de requisitos la pantalla cambiaba para dar paso a un letrero en el que se daba a conocer al célebre creador.

No obstante el primer huevo de pascua en la historia de los videojuegos se mantuvo en pleno secreto por temor a que la compañía actuase en consecuencia.

Tres años más tarde, concretamente en el 1.981, Disney se hizo con los servicios de Steven Lisberger para dirigir Tron, un largometraje de impresionante factura técnica que contaba además con una gran cantidad de efectos especiales, cuya historia se desarrollaba en el interior de un ordenador de juegos bautizado como La Rejilla de Juegos.

El héroe de la película, a quien daba vida Jeff Bridges, era otro programador insatisfecho por lo desapercibida que pasaba su labor, independientemente de lo buena que pudiera llegar a ser, lo que le lleva a introducirse en el ordenador principal de la compañía con el firme propósito de rescatar el código de un juego bastante similar al mítico Space Invaders.

Poco después de recuperar los derechos sobre Paranoides Espaciales, el protagonista pasa a verse convertido en una popular estrella del rock que es vitoreado por una multitud de aficionados cada vez que realiza una jugada maestra.

Tristemente en el mundo real se siguió sin conocer el nombre de los programadores que hicieron posible la adaptación al videojuego, que a la postre se trataba de la primera licencia de cine que fue convertida a Atari VCS.

Con el paso de los años fueron los usuarios los que terminaron por imponerse, reclamando que se dieran a conocer los programadores que habían participado en el desarrollo de sus juegos favoritos, por lo que finalmente las compañías permitieron que se introdujeran unos diminutos créditos en el manual de instrucciones.

Pero esta medida no bastó para contentar a los consumidores, por lo que finalmente Atari accedió a incluir los nombres del equipo desarrollador una vez se había concluido el juego con éxito.
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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.