EL PEZ DEL VIENTO, MÁS COLORIDO QUE NUNCA

Wind Fish Legend of Zelda Links Awakening Game Boy Nintendo Xtreme Retro

En fin, supongo que ya lo habrán visto.

E intuyo que más de uno habrá derramado sus lágrimas.

El Pez del Viento todavía conserva su majestuoso porte, es cierto, pero poco más.

Tras la limpieza de cutis a la que fue sometido en su paso a Game Boy Color, no es que parezca otro, sino que es otro.

Con ese tono folclórico que le han descubierto en su tersa piel, no me cabe duda de que ahora se asemeja mucho más al diseño original.

Pero resulta que aquellos bocetos se ven más vulgares y de andar por casa.

La mirada del observador, o del aventurero, que antes iba, sobrecogida, deslizándose al paso de su impoluta estampa, se dispersa ahora en una visión general del asunto que destruye el antiguo efecto, con aquel levísimo halo que enmarcaba de dignidad su extraña figura.

El Pez del Viento Wind Fish Nintendo Legend of Zelda Links Awakening Artwork Game Boy Xtreme Retro

El diseño sigue siendo magistral, qué duda cabe.

Pero ya es, y será siempre, otro bien distinto al que recordamos.

Que a estas alturas resulte que fue así como lo concibió Nintendo, y no como lo oscureció la insondable pantalla de aquella portátil es, a mi juicio, lo de menos.

Porque hay personajes, objetos y juegos, que adquieren con el tiempo carácter de símbolos, y su apariencia, genuina o no, pasa a formar parte de la propia historia y esencia de la obra misma.

Es más, ignoro hasta qué punto la voluntad de una compañía tiene derecho a mancillar semejante recuerdo, por muy gloriosa que sea la nueva y flamante adaptación.

Quiero decir con eso que determinadas circunstancias del tiempo y la historia, para bien o para mal, imprimen carácter, y adquieren a veces tanto derecho a figurar allí como el propio diseño original, tal como fue planteado sobre el papel.

Además, si es cierto que el progreso, como la verdad, a menudo nos libera de muchas falsedades, no siempre es forzosamente buena la desaparición de ciertas restricciones, cuando la realidad que se muestra se torna más prosaica, o más infame.

A veces el hombre también necesita que, junto a las supuestas mejoras, se le inyecte esa substancia maravillosa compuesta de la misma materia que los sueños y las ideas.

Aunque, por otra parte, si es cierto que la modernidad no siempre resulta un concepto revolucionario en sí mismo, ni necesariamente nos enriquece, con frecuencia tiene la virtud de destruir embustes que otros pudieron manipular a su antojo.

O bien disipar cortinas de humo que nos confortan y acomodan, pero cuya desaparición obliga a afrontar la realidad, haciéndonos adultos a la fuerza.

Ambas posturas, supongo, son perfectamente justificables.

Y allá cómo se enfrenta cada cual a los títulos que le apetece probar.

En lo que al arriba firmante se refiere, confieso que descubrir a ese cetáceo desconocido, a ese impostor que se ha metido a traición en el lugar que antaño ocupaba un viejo y venerado amigo, fue un golpe muy difícil de encajar.

Porque hay embustes que a uno le gustaría creer, baluartes necesarios para protegerse de la mediocridad, la estupidez, la desesperación o, ya puestos, de una ballena inconmensurable con pinta de “bailaora“, a la que cuesta mantenerle el respeto.

Cuando miras hacia atrás y te recreas con esa sucesión de claroscuros, esa bendita trayectoria que nos ha permitido llegar hasta la industria actual, tienes – o tenías – el consuelo de creer que, incluso en aquellos cartuchos carentes de todo color, se daba una especie de coartada espiritual, ideológica o lo que diablos fuera.

Una actitud ética, como bien evidencia esta epopeya de Game Boy, o incluso, si me apuran, sólo estética.

Algo que, si bien no bastaba para justificar lo injustificable, al menos explicaba que antaño fuéramos lo que fuimos, como el preludio de la desgracia que ahora somos.

Pero resulta que no, que basta una simple mano de pintura para probar que hace décadas podíamos ser tan ordinarios como ahora, y que la representación pictórica de una deidad por antonomasia, con su alma solemne y ese cierto modo de ver el mundo que se nos vendió como coartada de todo lo demás, era tan postiza y falsa como el resto.

Al final va a resultar que Link, en vez de un valeroso caballero en el que se nos hacía admirar la austera virtud de muchos guerreros, era un fulano llamado Paco; acaso un político corrupto, un traficante de esclavos, o un maldito usurero.

Igual – lo estoy viendo venir – hasta era una versión pixelada del novio de Miyamoto, vestido con el traje de los domingos.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.