EN DEUDA CON LOS JUEGOS RETRO

Hay quien decide atrincherarse en un cine o acudir a la discoteca de turno.
El tratamiento del abajo firmante consiste, ocasionalmente, en desempolvar los grandes juegos de antaño, y aprovisionarse de otros tantos menos conocidos.
La frontera de mi elección suele trazarla la aparición de los complejos entornos tridimensionales, pues la época que busco encaja holgadamente con los píxeles como puños.
Hace escasas semanas me adjudiqué una terapia intensiva orquestada por la añorada Master System, rescatando para la ocasión algunos títulos como Alex Kidd in Shinobi World, Deep Duck Trouble: starring Donald Duck, Land of Illusion: starring Mickey Mouse, Phantasy Star, Rastan, Sonic the Hedgehog o Wonder Boy III: The Dragon’s Trap.
Huelga decir que aquellos clásicos añejos, salvo honrosas excepciones, no se ajustaban a la realidad.
O al menos no del todo.
En ellos se confeccionaban unos mundos ficticios, inocentes y mojigatos en los que triunfaba la virtud del esfuerzo, la compasión hacia el prójimo, la sumisión hacia los valores familiares o la autoridad vigente, y un largo etcétera.
Unos mundos, en definitiva, donde los ladrones como Phantomas eran gente honrada, los enamorados se casaban por la iglesia, e incluso los malvados de turno se redimían llegado el momento oportuno.
Aquellos juegos retro mentían abiertamente, como lo hacen otros de rabiosa actualidad, nuestros políticos y la letra de los boleros.
Pero poco importaba.
Ocultaban también bajo su aparente ternura y felices desenlaces una realidad si cabe más oscura: la de los sufridos programadores que echaban más horas que un reloj y se partían el lomo para concluir el título en los plazos previstos, dispuestos a encajar, resignados, una nueva humillación y una nueva derrota en esta industria ingrata que sólo le reconoce los méritos a unos cuantos elegidos.
A decir verdad, esto no ha cambiado significativamente durante las últimas décadas.
Sin embargo, aunque ese contexto virtual era ilusorio, sus protagonistas no lo eran en absoluto.
Aquellos alegres personajillos embutidos en sus trajes de vivos colores, o las mascotas de todo tipo y pelaje que representaban los ideales de una compañía, si eran reales y su existencia estaba sobradamente justificada.
Cierto es que la fantasía engalanaba sus historias, pero no pudo hacer lo mismo con sus protagonistas.
Sus anhelos, sentido de la justicia y amor si eran verdaderos, como lo eran la amistad, la ilusión y la desesperanza de aquellos que pugnaban por salir adelante.
En definitiva, por sobrevivir.
Eran simples y, a su manera, entrañables aquellos héroes pixelados.
Fontaneros que lo dejaban todo atrás para acudir junto a su amada, erizos que corrían a velocidades de vértigo para salvar a sus allegados de una mal llamada ciencia que erradicaba todo rastro de naturaleza y humanidad a su paso, robots azulados de inquebrantable voluntad sometidos a la autoridad de otras fuerzas; en sintesis, héroes que muy a su pesar se buscaban la vida, y soñaban con aquel final feliz en el que sus esfuerzos se verían recompensados.
Aquellas tramas manidas manipularon muchas cosas, no cabe duda.
Pero tengo la impresión de que en cierto modo nos convertían en mejores personas.
Alentaban mediante sus personajes, incluso en los más temidos, un fondo de honestidad y benevolencia.
Habían jefes finales preocupados por sus súbditos y enamoradizos, guerreros comprensivos y de buen talante, aldeanos altruistas y enemigos acérrimos que descubrían tener buen corazón.
Encontrábamos más piedad hacia los semejantes, y solidaridad con la desgracia ajena.
Y eso, querido lector, no era ni mucho menos fruto del escaso guión disponible, sino que se revelaba en sus atípicos personajes, porque también se encontraba en la calle.
Aquellos felices protagonistas, ingenuos a todas luces, nos contagiaban con su alegría, y en no pocas ocasiones nos arrancaban más de una sonrisa triunfal.
Podría decirse que eran mucho mejores de lo que somos nosotros ahora, porque con apenas unos cuantos píxeles estaban dotados de corazón y alma.
Pero los usuarios también eran mejores, porque estaban compuestos en esencia por los mismos individuos que desfilaban a través de la pantalla, y en ellos se reconocían.
O, mejor aún, deseaban reconocerse.
Ese público tan heterogeneo lamentaba sus adversidades y del mismo modo se regocijaba en el triunfo de la bondad y el fracaso de las eternas fuerzas del mal.
Algo que en estos tiempos tan lúcidos, en los que muchos de nosotros hemos renunciado a los infantes que una vez fuimos, raramente sucede.
Por eso estoy en deuda con aquellos incansables héroes pixelados que moldeaban, sin proponérselo siquiera, nuestros sueños y esperanzas.
Gracias a ellos puedo percibir con mayor intensidad la ternura que habitaba en sus sinuosos universos, y que con todo lo bueno y lo malo desapareció para no volver nunca jamás.
Llevándose consigo unos gráficos minimalistas, pero también hermosos ideales que hoy en día casi nadie pronuncia porque han perdido la mayor parte de su significado.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico.
Pasad, pasad… bajo vuestra propia responsabilidad.