EN DEUDA CON LOS SALONES RECREATIVOS

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Durante buena parte de mi vida, los salones recreativos fueron refugio, centro de estudios e incluso de operaciones.

Con esto quiero decirles que he coleccionado salones recreativos de todo tipo y pelaje, ya fueran sitios elegantes o antros cutres.

Y no por afición a las añoradas coin-ops, que también, sino porque varios lustros con la mochila al hombro, junto al desarraigo y la incomodidad que eso implica, sumadas a la necesidad de un lugar para la reflexión o una pizca de diversión, son motivos más que suficientes para que uno desarrolle el instinto de adoptar esos salones recreativos que, a los pocos minutos y una vez te has acomodado mientras ordenas tus preferencias, se convierten con pasmosa facilidad en lugares tan confortables como tu propia casa.

Eso ayuda, consuela, y muchísimas cosas más.

Pero el salón recreativo tiene otra ventaja adicional.

A diferencia de los bares o restaurantes, que son más favorables a la parcela individual, los recreativos equivalen, siempre, a un punto de encuentro.

Un sitio donde, entre partida y partida, y a poco que se descuide, la gente pone, voluntariamente o sin darse cuenta, su vida sobre cada pantalla.

Por eso es tan fácil hacer amigos, si se cuenta con las dosis mínimas de curiosidad, sociabilidad y buena fe.

A menudo, en especial al principio, cuando era más joven y viajaba a solateras, tras llegar a una ciudad desconocida y a veces hostil, lo primero que hacía era dirigirme hacia el salón recreativo más cercano y pegar allí la hebra con los parroquianos del lugar, que en cuestión de minutos me ponían al corriente.

En días de desconcierto y soledad, entraba en cualquiera de aquellos centros, y a medida que iba conversando con los restantes aficionados, ya era uno más, como si hubiera permanecido allí toda la vida.

Tanto es así que, mientras encontré en mi camino un salón recreativo, nunca estuve solo.

Ahora tengo otro tipo de vida, pero conservo el viejo instinto.

El pasado sábado, sin ir más lejos, encaminé mis pasos hacia los vetustos arcades del Mataro Parc, donde conocí a Victor, quien adora los juegos de Astérix y sueña con completar su colección de cómics, algún día.

Y había una muchacha pelirroja, muy hermosa, llamada Patricia, acompañada por un tipo de aspecto rudo que respondía por Pinky, pero a los quince minutos me autorizó a llamarlo por su nombre de pila, que no es otro que Mario.

Y así nos pasamos casi una hora.

Al poco se incorporó un matrimonio joven con crío incluído.

Y Mario, que lee poco porque no tiene tiempo, y hasta Victor, que no lee nada, se comprometieron para acompañarme a Retro Barcelona, por si podían servirme de inspiración en el correspondiente artículo, si es que lo hubiera.

Cuando cogimos confianza y nos desembarazamos del protocolo, nos fuimos a echar una partida con otros viejos allegados, que lenta pero inexorablemente se fueron sumando a la causa.

Alguno, incluso, había leído algo mío, en otra vida no tan lejana.

Y, como quien no quiere la cosa, Victor me contó que su novia le había dejado y él estaba hecho una mierda, pero a la quinta partida pude convencerlo de que esas cosas van incluídas en el precio de la vida.

Luego nos entretuvimos contando algunos chistes, y entonces Victor me juró que le sería fiel a este humilde blog y su autor hasta la muerte.

Y Patricia nos puso al tanto de su historia, que tiene una novela, o varias.

Por último, se comprometieron a regalarme un ajado cartucho de Astérix para Game Boy Color, inaugurando aquella bendita amistad que a todos pareció cogernos por sorpresa.

Y todo, como les decía, se lo debo a los salones recreativos, tristemente caídos en desgracia.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.