EN RECUERDO DE BOB HOSKINS

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El llorado actor forma parte de uno de mis antiguos y tristes recuerdos.

Yo tenía poco más de diez años cuando vi el anuncio de aquella película, vagamente inspirada en el clásico de Nintendo.

Una adaptación que exigía complicidad y esfuerzo por parte de los jóvenes espectadores, que asistían a un espectáculo, cuanto menos, desesperanzador.

Pero no adelantemos acontecimientos.

En cualquier caso, poder ver al héroe de nuestra infancia en la gran pantalla era un lujo al alcance de unos cuantos niños afortunados, y no todos lo eran.

El uso de las videoconsolas no estaba tan extendido como en nuestros días, así que con imaginación, madera, latas vacias o alambte se improvisaban los mejores juguetes del mundo, que a menudo convivían con clicks de Playmobil, G.I.-Joes, Masters del Universo y un largo etcétera.

En aquel tiempo, a las criaturas todavía no nos habían convertido los adultos en pequeños gilipollas.

Nos dejaban ser niños.

Y así, los enanos matábamos indios feroces sin ningún complejo, mientras las niñas crecían felices jugando a las cocinitas, rodeadas por muñecas y cuentos de princesas.

Tal vez porque los adultos eran más socialmente incorrectos que ahora.

Y en algún caso, menos imbéciles.

Pero les hablaba de Bob Hoskins, a quien conocí con aquel maravilloso film de Roger Rabbit.

Así que, para un crio de la época, ver al actor interpretando al insigne fontanero suponía la gloria.

Aquella debería haber sido una película memorable, al menos en teoria.

Una superproducción de las que, para bien o para mal, marcarían a toda una generación.

Tras leer diversos reportajes en las revistas especializadas, me fascinaba el diseño de Yoshi, pues conviene recordar que todavía no se había estrenado Jurassic Park.

Parecía un dinosaurio real, dispuesto a acompañar a Mario durante sus infatigables correrías.

Pero me devío del tema.

Yo pertenecía al grupo de niños con suerte, y un día aparecío mi tio con varias entradas para acudir al estreno, junto con otros tantos familiares.

Esa mañana comenté mi alegría con otros jóvenes amigos, que yo creía asombrados.

Ahora sé que algunas de sus miradas eran tristes, pues no compartían la misma fortuna, pero entonces yo no podía imaginarlo.

Aquel debía ser un film memorable, y yo asistiría orgulloso, tras echar la correspondiente partida al clásico imperecedero de NES.

Pocas veces recuerdo haber sido tan feliz.

Pero el estado de ánimo me duró poco, porque a mi tio le surgieron otros compromisos, y los restantes adultos parecían demasiado ocupados como para llevarnos.

Esa misma noche me tuve que consolar soñando con aquel largometraje y su prestigioso actor, al que imaginaba encarnando majestuoso a uno de nuestros héroes de juventud.

Según me contaron, permanecí callado durante algunas horas, releyendo una y otra vez los artículos de Hobby Consolas o Super Juegos.

A decir verdad, no lo recuerdo con exactitud, pero sí aquella angustiosa certeza de ocasión perdida, y de tristeza frente a toda la felicidad arrebatada por el azar, por la mala suerte, o por el destino.

Ahora sé que no me perdí gran cosa.

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Con el paso de  los años, he tenido algunas cosas, y he perdido otras.

También sé que, sin importar cuánto gane o pierda, perderé más hasta que un día lo acabe perdiendo todo.

No me hago ilusiones, pues esas son las reglas.

Peino canas y tengo fantasmas en la memoria.

He visto desaparecer innumerables entradas de cine, y he dejado de asistir cientos de películas que un día quise ver.

Pero en cada ocasión me consoló el recuerdo de Bob Hoskins embutido en su traje de fontanero.

Quizá, después de todo, el niño que fui tuvo suerte cuando aprendió, demasiado temprano, que vivimos sujetos a las pérdidas y ni siquiera los héroes son eternos.

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