EN RECUERDO DE UN VIEJO TUGURIO Y SUS PARROQUIANOS

Bar Pixel Art Xtreme Retro

Era decadente y mágico, o al menos así lo recuerdo yo.

Un antro de mala muerte, repleto de máquinas recreativas, clavado al de tantas películas americanas, con poca luz, algunas muchachas de indudable atractivo, y varios jugadores encallecidos.

Entre ellos había una guerra no declarada, y los más jóvenes nos sentábamos con timidez al fondo, siempre dispuestos a comentar la jugada o aquel lanzamiento que, supuestamente, iba a revolucionar la industria.

Yo tenía veintitrés benditos años y cada noche, durante muchos meses, frecuenté aquel local del que ahora ya nadie se acuerda.

Me gustaba charlar con Marcel mientras MohamedMomo para los amigos –  me ponía al tanto de las novedades en PC, y David se tomaba una copa.

Y cuando nos gastábamos el poco dinero que solíamos llevar encima, acostumbrábamos a sentarnos junto a otros parroquianos habituales.

Incluso las chicas venían a sentarse con nosotros cuando no tenían nada mejor que hacer, y juntos nos tomábamos una cerveza para caldear el ambiente.

Charlábamos, se levantaban para jugar una partida, o para buscarse un ligue pasajero, y volvían al rato.

Así discurría cada noche, entre la música, el humo y el calor, interrumpidos a veces por una bronca ocasional que estallaba en plena calle, o incluso por alguna escaramuza interna que nos hacía a todos salir de allí como alma que lleva el diablo.

Demorabas el irte a dormir, y sólo al final, cuando nos invitaban amablemente a finalizar aquella partida, con la mayoría de sillas sobre las mesas vacías, y las chicas se despedían soñolientas o se iban con algún tipo afortunado, te marchabas con desgana y salías a la calle desierta, bajo un cielo increíblemente estrellado, para continuar la tertulia con tus compañeros o rivales de juego.

Recuerdo aquellos meses como el tiempo más feliz e intenso que un joven aficionado a las recreativas podía desear.

También recuerdo a los amigos.

A los que siguen vivos, como Santiago Gómez, Ferran Peris, Daniel Derriba y los otros.

Y a los que ya pasaron a mejor vida, y ninguna en absoluto: Alberto Cano, Magog Castillo o Fidel Carrión.

Pero sobre todo las recuerdo a ellas.

A Silvia, una andaluza de bandera que cantaba coplas con mucho arte, y cuando entonaba Tatuaje conseguía que los moteros barbudos llorasen como magdalenas.

A Patricia, una morena de verde luna, que tenía una sonrisa enigmática y muy mala leche.

Y a las demás.

En aquellos largos meses llegué a conocerlas igual que a mis mejores amigos.

Me contaban sus recuerdos, su cansancio infinito y su historia, que en el fondo siempre era la misma historia.

Me enseñaron a jugar con determinados arcades, y supe, como quien no quiere la cosa, el modo en que se las ingeniaban para arañarle jirones a la vida.

Porque allí, en aquel tugurio del culo del mundo, arrojadas por la resaca de todos los novios de una sola noche y todos los antros de la Península, todas eran supervivientes.

Y sin embargo, aún les quedaba corazón.

Cuando estaba tieso de viruta y sin compañeros, y no me podía permitir siquiera invitarles a una partida, se venían a mi mesa igual, con tal de no dejarme solo.

Y en una de aquellas noches de soledad, Silvia me dedicó públicamente una copla – “para mi niño“, dijo – y luego nos marcamos un baile tan agarrados que se puso celoso un canario que se la estaba trajinando, y otro camarada tuvo el detalle de partirle la cara al fulano por mí, porque yo, francamente, no le habría durado ni medio asalto.

Y el día que cumplí veinticuatro, las chicas, que no parecían las mismas sin tanto maquillaje, me hicieron una tarta, y me cantaron el cumpleaños feliz.

Después las máquinas recreativas cayeron en desgracia, aquel antro se fue al carajo, y yo me marché a otros sitios – cibercafés en su mayoría -, tentado por las bondades del juego online y algunos FPS de probado prestigio.

Con el paso de los años me volví a encontrar con Silvia y Patricia en otro lugar.

Estaban muy hechas polvo, pero aún mantenían el tipo.

Nos abrazamos y se echaron a llorar, poniéndome perdido de colorete y rimmel.

Tampoco lo voy a negar: me gustó que llorasen por mí, y que todavía me llamaran niño.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Xtremeretro

About Xtremeretro

X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.