EN RECUERDO DE UNA VIEJA AMIGA

Estela Roig Marti Pixel Art Xtreme Retro

De su mano me adentré en el sinuoso mundo del PC, y conocí mis primeros shoot’em ups.

En alguna ocasión la describí como guapa, dura y valiente.

Solía frecuentar los salones recreativos, y durante mucho tiempo fue una leyenda en algunos de ellos.

Y el otro día, revisando papeles, encontré su último número de teléfono en una vieja agenda perdida.

De pronto se agolparon los recuerdos, y me apresuré a marcar ese número con la esperanza de encontrar al otro lado de la línea su voz amiga, llena de emociones, aventuras, noches en vela y amores largamente olvidados.

Hubiera querido oírla, con su peculiar acento, diciéndome como tantas veces hola, cómo te va; que era lo que me decía siempre cuando nos encontrábamos viniendo de algún antro decadente o yéndonos a otro nuevo, con frecuencia para disfrutar del mítico Shinobi y tantos otros arcades de SEGA.

Así que descolgué el teléfono.

Marqué el número, pero allí sólo había el triste zumbido de un fax.

Ahora, mientras tecleo estas líneas, tengo ante los ojos el número de ese fax que probablemente ya no sea suyo, y no estoy muy seguro de querer comprobarlo.

O tal vez no estoy seguro de querer volver a verla.

Imagino que mi temor consiste en alterar la imagen que conservo de ella.

O tal vez lo que temo es verme reflejado en sus ojos, rondando el ecuador de la treintena y peinando alguna cana, tan diferente al muchacho flaco que, con una mochila al hombro y no pocos sueños ya marchitos, llamó hace décadas a su puerta.

Estela Roig fue parte de mi juventud, y lo más parecido que tuve a una hermana.

Era inteligente, atrevida, fascinante, con un sentido del humor lúcido y mordaz, y un valor físico a toda prueba.

Ella, como una joven estudiante de instituto y yo, como un muchacho imberbe, trazamos peripecias entre las naves de Xenon 2 Megablast, recorrimos las llanuras de Luigi & Spaghetti, paseamos por el palacio de Prince of Persia, y vimos infinidad de rojos atardeceres comentando aquellos títulos, antes de que llegasen a nuestras vidas otras máquinas de probado prestigio como Master System, Mega Drive y Mega CD, por ese mismo orden.

Escandalizamos a los muchachos del vecindario porque era mayor que yo, y a menudo nos quedábamos encerrados hasta altas horas de la madrugada, jugando al clásico Sonic de 8 bits o al mítico Alex Kidd in Miracle World, entre otros.

Sus admiradores y algún que otro amante me la tenían jurada, pero lo cierto es que nunca tuvimos relación sentimental alguna.

Me adoptó, simplemente, como se adopta a un huérfano o un perro callejero.

Un par de veces intentó emparejarme con amigas suyas que en la intimidad, según tengo entendido, decían procacidades en exquisito francés.

Después la vida nos llevó de un lugar para otro; yo regresé a mi querida Galicia y luego a Barcelona, y ella volvió a Valencia, mi tierra natal y en la que – espero – reposarán mis huesos algún día, donde formó su propia familia.

Yo seguí acudiendo durante años, y en ese tiempo ella se fue alejando entre la marejada de la vida, o quizá me alejé yo, y me hice adulto, supongo.

Y hará siete u ocho años la vi por última vez, en un bar del Nuevo Centro.

Parecía cansada, arrastrando la nostalgia de sus paraísos perdidos, de sus aventuras pasadas, dura y sola, absorta, perdida en los años lejanos de su propia memoria.

Y hablamos de nada en concreto, recordando aquellos juegos que solíamos compartir en los años de nuestra bendita juventud, y luego la dejé irse sin tener el valor de decirle lo que significó en mi vida y lo mucho que la quise, y que la quiero.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.