EN RECUERDO DE UNA VIEJA AMIGA

Zaida Sanchez Lazaro Pixel Art Xtreme Retro Woman

Era alta, morena y guapa.

Se llamaba Zaida Sánchez, y de no haberse empeñado en vestir como una pordiosera, habría podido pasar por lo que mi abuelo solía llamar una mujer de bandera.

Conocí a Zaida durante mi época al frente de Old School Generation, cuando todavía sacaba tiempo para colaborar en otras páginas web de probado prestigio, como Pixfans, Fasebonus o Amigamania.

Por aquel entonces nos solíamos reunir para confeccionar un podcast que, tristemente, nunca llegó a buen puerto.

En parte debido a la muerte prematura de Old School Generation, que se la cargaron terceros como a tantas cosas que no pueden controlar.

El caso es que Zaida y compañía eran adictas a las consolas de SEGA, así que un día pasaron a visitarnos, sumándose a la variopinta tertulia que allí teníamos montada con algunos redactores de sobrado carisma.

Fue una invitada puntual, y llegó para quedarse junto al resto del equipo.

Pese a su afición desmesurada por los videojuegos, Zaida cargaba con una historia nada original: familia humilde, pocos estudios, y un trabajo precario abandonado para irse con un tiñalpa que la metió de cabeza en las drogas y el infierno.

Cuando la conocí, se había desintoxicado desde hacía tres largos años, y se la veía una mujer sana, espléndida.

Siempre bromeábamos con la promesa de que yo iba a invitarla, con champaña, a una cena en un restaurante muy caro de Barcelona, y ese día ella cambiaría los tejanos ajustados y su camiseta negra de heavy metal por un vestido elegante y unos zapatos de tacón alto; prendas que no había usado, decía, en su puta vida.

Y cuando pasé la treintena, ella, en compañía de buenos amigos, me vinieron a cantar el cumpleaños feliz, y esa noche nos fuimos de copas, y agarramos una castaña de cuidado.

Pero un día, sin previo aviso, Zaida desapareció de nuestras vidas.

Alguien dijo que de nuevo coqueteaba con las drogas, y tenía problemas.

Y pasó el tiempo.

No volví a saber de ella hasta pasados un par de años, cuando me la crucé en pleno corazón de las Ramblas.

La reconocí por su estatura, y porque todavía conservaba algo de su antigua belleza.

Pero ya no era una mujer de bandera, sino flaca y como con diez años encima.

Y sus ojos, en los que antaño peleaban las llamas del crepúsculo con un fulgor imposible, ahora miraban al vacío, apagados, mientras discutía con un fulano de pinta infame, de hecho polvo.

Ella le decía: vale, tio, pero luego no digas que no te avisé.

Le repetía eso una y otra vez muy para allá, con voz adormilada e ida, mientras le sujetaba torpe un brazo; y el otro se lo sacudía con muy mala leche, levantando la mano para abofetearla sin terminar el gesto.

Y yo pasé a medio metro, y por un momento no supe si calzarle una hostia al tipo y buscarme la ruina, o decirle algo a ella, o qué se yo.

Entonces Zaida deslizó su mirada sobre mí, mirándome sin llegar a verme ni reconocerme en absoluto, y luego volvió sus pupilas turbias hacia aquel indeseable, y de nuevo comenzó a repetirle no digas que no te avisé, tio.

Y yo seguí calle abajo, pensando en esa botella de champaña que nunca bebimos, y en aquel vestido que Zaida no se puso en la vida.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.