EN UN VIEJO BAR DE GALICIA

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Ocurrió hace largos años, cuando el arriba firmante aún vivía en Galicia.

Un fulano entró en cierto bar, pidió una copa y encendió su Game Boy.

Recuerdo que aún no eran las ocho de la mañana de un día festivo.

El hombre al que me refiero era bajo y moreno, con una camisa blanca muy limpia y recién planchada, el pelo todavía húmedo y peinado hacia atrás.

Tal vez tuviera cuarenta y tantos años, y en el antebrazo derecho pude atisbar un tatuaje casi verdoso, borrado por el inconmensurable paso del tiempo.

Hay tipos con los que simpatizo sin remedio, y aquél era uno de ellos.

Ya he dicho que era muy temprano, a esa hora en que la luz es un disco rojizo que apenas se despega del agua.

El pueblo era un lugar de pescadores, de los que tienen muelle, con barcas y viejas casas con tejas y grandes ventanas; donde todavía, en las tardes calurosas de verano, señoras mayores y abuelos en camisa se sientan a la puerta, a ver pasar la vida.

Y aquél era el único bar abierto.

No se trataba de una cafetería con pretensiones, sino una buena tasca de toda la vida, con mostrador desvencijado, sillas de fornica, fotos con equipos de fútbol en la pared y una Virgen entre botellas de vino.

Uno de esos lugares supervivientes de otros tiempos; de cuando los puertos tenían bares como Dios manda, con estibadores de manos rudas, marineros, pescadores y mujeres cansadas que fumaban y hablaban a los hombres de tú.

El tipo repeinado había encendido su Game Boy sin pestañear, como les decía, ajeno al mundanal ruido.

El resto de los parroquianos tenían un aspecto más bien descuidado, sin afeitar, como si arrastrasen una dura jornada sin mucho beneficio, y alguno lo miraba con recelo.

Y yo pensé, ya ves, a éstos no se los imagina uno compartiendo tamaña afición.

Pero me desvío del tema.

El tipo flaco y repeinado pidió una copa sin apenas despegar la mirada de la pequeña pantalla que sostenía entre las manos.

Tenía una cara angulosa y curtida, llena de arrugas; cara de tipo duro de verdad.

Por un momento me pregunté qué hacía en un bar a esas horas, apegado a su preciada portátil, tan solitario y en un día festivo; hasta que comprendí, por su manera de mezclarse con el ambiente, que en realidad aquel tipo se había estado levantando temprano durante toda su vida, fuera festivo o no.

Que lo suyo no era más que rutina, costumbre de lo más natural, y que aquella partida fugaz que le servía para desconectar no era sino la continuación de cientos, miles de ellas quizá, que le habían ayudado a mantenerse en pie y afrontar cada amanecer, y lo que éste deparaba.

En otro momento habría procurado darle conversación y preguntarle a qué jugaba; pero uno tiene mili en esas cosas, y aquéllas no eran horas.

El del tatuaje no parecía de los que dicen más de tres palabras seguidas antes del mediodía.

Lo vi terminarse su copa sin prisas, aunque apuró de golpe el último trago, y luego apagó la consola, poco antes de preguntar cuánto debía.

Y así lo vi alejarse despacio, en dirección a los muelles.

El sol ya estaba un poco más alto y reverberaba cegador en el agua quieta, entre los pequeños amarrados.

Entorné los ojos y durante un rato aún pude ver moverse por allí su silueta, en el contraluz de los reflejos, caminando hacia ninguna parte y sosteniendo la pequeña portátil con firmeza.

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