ESAS MALDITAS PELEAS DE PERROS

Computer Dog Funny Pixel Art Xtreme Retro

Hace escasos días, por una de esas emboscadas que a veces te montan los amigos, me di de bruces con una página en Facebook dedicada a promover y ensalzar, cito textualmente, las peleas de perros.

Sobra decir que fue un descubrimiento harto desagradable.

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El caso es que ayer recibí un correo, preguntándome con mucha retranca, cómo alguien que se describe como un apasionado al género de la lucha, y a tantos otros juegos donde mueren animales por igual – Metal Gear Solid, sin ir más lejos -, se dedica a criticar por activa y pasiva el asunto.

También me preguntan, de paso, cuánto trinqué por mostrar abiertamente mi repulsa a semejante página.

Y como resulta que hoy no tengo nada mejor que contarles, voy a explicárselo al remitente, y a todos los que opinan como él.

Con su permiso.

En primer lugar, dejando al margen el tema de la ficción, yo nunca cobro por mis textos.

Considérenlo una chulería como cualquier otra.

Las pocas veces que escribo para otras webs o blogs, suelo hacerlo gratis, por la cara.

Y el caso que nos ocupa no es ninguna excepción.

En cuanto al género de lucha, diré lo que ya he manifestado en más de una ocasión: de la materia sé muy poco, o lo justo.

En España, afirmar que se sabe de beat’em ups y similares es fácil.

Sostenerlo, en cambio, resulta más complejo.

Y sostenerlo ante profesionales tan ilustres como Bruno SolNémesis -, Marcos GarcíaThe Elf -, Raúl MontónThe Punisher -, Pedro BerruezoJohn Tones – o José Manuel Fernández Spidey -, conocedores de arcades excepcionales que, por norma, tienden a pasar desapercibidos entre el común de los aficionados, sería una arrogancia.

Y una idiotez.

Yo de lo único que sé es de lo que sabe cualquiera que se fije, independientemente del título elegido: seres bravos y hombres valientes.

Los detalles minuciosos se los dejo a los expertos.

De las palabras bravura y valor, sin embargo, obviando los gráficos y otros pormenores jugables, puede hablar todo el mundo, o casi.

A eso me he referido en repetidas ocasiones.

En concreto, cuando les hablaba de cierto niño que, con apenas nueve años, iba de la mano de su abuelo a los recreativos más cercanos, en un tiempo en que los psicoterapeutas, psicopedagogos y psicodemagogos todavía no se habían hecho amos de la educación infantil.

Cuando los Reyes Magos, que entonces eran Reyes sin complejos, aún dejaban pistolas de vaquero, soldaditos y espadas de plástico.

Hasta videojuegos como Two Crude Dudes/Crude Buster, en los que no faltan perros ni otras bestezuelas, fíjense.

Aquel niño, como les digo, se llenó los ojos y la memoria con ese espectáculo deliciosamente pixelado, ampliando el territorio de los libros que por aquel tiempo devoraba con pasión desaforada: la soledad del héroe frente a la voluntad inquebrantable de su perverso enemigo.

De la mano de su abuelo, el niño aprendió en aquellos antros, tristemente olvidados, algunas cosas útiles sobre el coraje y la cobardía, sobre la dignidad del hombre que se atreve a batirse en duelo y la bravura de su adversario, dispuesto a luchar hasta el fin.

Personajes impasibles con la muerte, heridos o descompuestos, a quienes no les temblaba el pulso antes de entrar a matar, o a morir, con una naturalidad siempre sorprendente.

Así, el niño aprendió a mirar.

A ver cosas que de otro modo jamás habría visto.

A valorar pronto ciertas palabras – valor, maneras, temple, dignidad, vida y muerte – como algo natural, consustancial a la existencia de hombres y, si me apuran, también de animales.

El ser humano peleando, como desde hace siglos lo hace, por afán de gloria, por hambre, por dinero, por vergüenza o por reputación.

Pero, ojo, no todo en ese espectáculo resulta admirable.

Y en la vida real, pocas situaciones encuentro tan deleznables como las carcajadas infames de un público estúpido, irrespetuoso y cobarde.

Nada encuentro allí de mágico, ni de educativo.

Quizá por eso, igual que hoy aprecio determinados géneros, ya sea en la industria del cine o los videojuegos, detesto con toda mi alma las peleas de perros promovidas por la mano del hombre, o cualquier otra variante que ustedes quieran, donde un animal indefenso es torturado y obligado a luchar por su vida mientras otro se ceba en él, porque así lo han adiestrado.

Por puro espectáculo.

Los perros no nacieron para morir así, ni mucho menos para verse atormentados por una turba de desalmados impunes.

Un perro nace para custodiar y, llegado el caso, proteger si es necesario.

Para amar incondicionalmente y ser amado.

Para darnos una lección de vida, de lealtad y de nobleza, incluso a quien lo maltrata.

Y nada justifica la muerte de un animal tan desinteresado y hermoso.

Ahí está, a mi juicio, la diferencia.

Por tanto, las peleas de perros, sin otro objetivo que el mero entretenimiento, equivalen a folclore bestial y a pura carnicería.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.