FERRARI 355 CHALLENGE PASSIONE ROSSA

La pasión y el genio de Yu Suzuki dieron como resultado la versión de recreativa del galardonado Ferrari 355 Challenge que pronto dispuso de una conversión para Dreamcast, distribuida por cortesía de Acclaim con motivo de su acuerdo con Ferrari, y años más tarde fue trasladado a PlayStation 2 con una adaptación que incluía escasas novedades con respecto al original.

Por norma general todo simulador de conducción que se precie de serlo tiende a buscar con ahinco el máximo realismo posible, si bien lo más común es que esto se traduzca en un apartado gráfico soberbio, poniendo un especial énfasis tanto en el diseño de los vehículos disponibles como en la trazada de los distintos circuitos.

Obviamente estos detalles no han sido descuidados en absoluto en el título que nos ocupa, pues la recreación de los coches es impecable, y los circuitos de Suzuka, Long Beach o Monza entre otros compiten con los automóviles en protagonismo, tal es el grado de representación conseguido.

Detalles como una consistencia siempre notable y multitud de elementos en los distintos entornos serán la norma, y no la excepción como tiende a suceder en tantos otros simuladores en el mercado.

Incluso después de comprobar en primera persona las bondades de las vistas panorámicas disponibles para la versión de recreativa existía cierto escepticismo acerca de su posible conversión a consola, que se ha resuelto de forma magistral.

Pero si un detalle brilla por encima de su meritoria calidad gráfica, ese es sin lugar a dudas su magistral sistema de control, realmente exigente, pero que una vez dominado con soltura se torna altamente satisfactorio.

No en vano el equipo de desarrollo invirtió gran parte de su tiempo estudiando con esmero el comportamiento y la física de estas potentes máquinas siempre en busca de la simulación más realista posible.
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Conviene matizar no obstante que pese a la sobresaliente representación que se ha hecho de los vehículos disponibles existe tan solo un único modelo, que es el que a la postre le presta su nombre al juego.

Además, tanto en la versión arcade como en el GDRom de Dreamcast el usuario dispondrá única y exclusivamente de una vista interior, donde el volante y parte del salpicadero estarán siempre presentes, consiguiendo una sensación similar, es un decir, a la que se produce al conducir uno de estos envidiados coches, si bien el juego de PlayStation 2 si contaba con una visión trasera.
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El control por su parte se muestra inflexible, obligando al usuario a incrementar la destreza de forma progresiva en el uso del cambio automático, el sistema de frenado, tracción y estabilidad, que incluso se permiten activar o desactivar durante el transcurso de las distintas carreras que tienen lugar.

Este comportamiento tan real no se limita al manejo del lujoso vehículo, ya que la IA de los rivales que compiten en un mismo circuito resulta todo un ejemplo a seguir, pues aquellos que se limiten a acelerar y procurar no salirse de la trazada dificilmente podrán obtener los mejores resultados posibles.

De hecho, en no pocas ocasiones os costará un esfuerzo titánico adelantar posiciones y rebasar al resto de contrincantes, dado su elevadísimo nivel de dificultad.

Las novedades en su paso a consola se saldaron con cinco nuevos circuitos, algunos de ellos secretos, que se sumaban a los seis ya disponibles para la coinop.

Por no mencionar los consabidos modos de juego que contribuían a dotar de cierta variedad al desarrollo de las numerosas carreras, donde la modalidad para dos jugadores se ha resuelto de forma impecable, aunque los campeonatos por puntos no desmerecen en absoluto.

Un juego en definitiva muy estricto y riguroso, sobresaliente en Dreamcast, e incapaz de competir con otros grandes del género en PlayStation 2, léase Gran Turismo 3, el que fue su gran rival, si bien es necesario aclarar que ya habían pasado largos años desde su lanzamiento cuando el título fue convertido a la 128 bits de Sony.

Sin embargo, donde este programa destaca es en su insuperable sistema de control que respetaba al milímetro la esencia de conducir un Ferrari 355, y eso era tan cierto en el año 1.999 cuando el arcade vio la luz como lo sigue siendo hoy en día.

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