FINAL FANTASY VIII

¿Qué hacer cuando se ha diseñado uno de los juegos de rol de mayor éxito mundial?.

Pues desarrollar una continuación que no tenga nada que ver con él, e intentar introducir un nuevo estilo visual.

Este es el contexto en el que nació Final Fantasy VIII, que desde las primeras imágenes de promoción fue objeto de todo tipo de críticas en Japón por su introducción de personajes más humanoides.

Y no sólo eso, sino que además tuvo la temeridad de convertirse en la entrega más compleja de la serie, reduciendo la variada y numerosa panoplia de Final Fantasy VII a un máximo de seis personajes, y desafiando al jugador a formar el equipo deseado a partir de un gran número de opciones.

Pese a ello, los planteamientos básicos siguen siendo los mismos: batallas por turnos, subidas de nivel y viajes de un lugar a otro en un vasto mundo.

Pero, sobre todo, una tupida tela de araña de árboles de habilidades y opciones de combate, muy alejado del sistema de bolas de Materia en Final Fantasy VII.

Final Fantasy VIII también es un relato épico con mucho vídeo por aquí y allá.

Todos los clímax emocionales, e incluso los elementos básicos de la trama, son más un elemento contemplativo que participativo.

Y sin embargo, las virtudes de Final Fantasy VIII son tan numerosas que se convierte en uno de aquellos juegos de PlayStation que siguen vigentes, pese al inexorable paso del tiempo.

El secreto de Square no es el rendimiento extraído a la anticuada consola de Sony, sino la maravillosa viveza que creó utilizando el soporte: universidades con arcos de vidrio soplado y vastos jardines, flores de cerezo precipitándose sobre chaquetas de piel, y tecnología de la era espacial al servicio de fines atávicos.

La historia de Squall, Seifer y Rinoa es un tortuoso camino con muchas digresiones, que se convierten en la divertida esencia del juego.

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