GOLDEN AXE III

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Con relativa frecuencia habréis leído que Golden Axe III es la peor entrega de la saga, al menos en su vertiente más clásica, por una sencilla razón: ha perdido el factor sorpresa, la capacidad de maravillar con su imaginativa épica, mostrando claros síntomas de agotamiento y, en términos generales, la idea original había dado tanto de sí como era posible sin ofrecer un considerable salto cualitativo o temático.

Por tanto, Golden Axe III se enfrenta a un dilema, cuanto menos, singular: está condenado a su propia originalidad.

Huelga decir que el primer Golden Axe resucitó el género pocos años antes de quedar relegado a un segundo plano, gracias a su portentosa ambientación de espada y brujería.

Cuando nadie confiaba en el hachazo limpio a modo de recurso narrativo, lo convirtieron en una declaración poética y de atronadora brutalidad.

Cuando todos creíamos que las magias eran una táctica ordinaria para deleitar a los usuarios mediante sugerentes efectos, transfiguraron el hostigar enemigos a distancia en un procedimiento estratégico de combate.

Y cuando aceptamos que el eterno reciclaje audiovisual, embelesados con el plagio no declarado y el burdo homenaje sin función expresiva, estaba en sus horas más bajas, miró a sus lógicos referentes con orgullo y ansia reivindicativa.

Y lo hizo con tanta maestría que, pese a no ser más que otro beat’em up de corte fantástico, se evidenció como nuevo, refrescante, valioso y codiciado.

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El problema, claro está, es que los hipotéticos logros de Golden Axe quedan limitados a un formato único y reducido.

La repetición desgasta, y las monturas o encarnizados gigantes funcionan con holgura, pero no como un reclamo de largo alcance frente a numerosas entregas y el inexorable paso del tiempo.

Aunque, felizmente, las armas que empuñan estos fornidos protagonistas si actúan perfectamente, y en su justa medida, porque quien las sostiene es un valeroso guerrero inmerso en una aventura que le queda grande, y su descenso hacia los abismos es también el nuestro.

Por ese motivo, las innovaciones de las secuelas son, en el mejor de los casos, tímidas: quedan apocadas ante la propia magnitud de la franquicia, y no se atreven a quebrar aquello que la ha enaltecido.

Y así, buscando el modo de ser igual, pero distinto, subrayan la acción ofreciendo, en esencia, más de lo mismo, desvirtuando en parte su gloriosa mecánica.

Golden Axe III se ve inmerso en una espiral de sinsentido conceptual de la que no puede, ni mucho menos quiere, escapar.

El guión, tan relevante durante los primeros compases de la serie, se perfila como una prolongación de los anteriores, con lo que pierde casi todo su interés desde el primer minuto de juego, ya que el periplo, ridículamente vengativo y romántico, embellecido por el drama que tan bien funcionaba en el episodio inicial, está resquebrajado.

Tan sólo se aprecian escasos deseos de cambio en algunos momentos puntuales, inesperados y no necesariamente cooperativos, pero que tampoco se sostienen por sí mismos.

Y a pesar de todo, Golden Axe III funciona endemoniadamente bien.

Funciona como tercera entrega de la saga, que tristemente no pudimos disfrutar por estos lares.

Funciona como mandoble al funesto gigante, entre otros, que siguen siendo igual de escurridizos y letales que en pasadas ediciones.

Lamentablemente, los aficionados curtidos en materia no podrán evitar una cierta desazón, por mucho que hayan disfrutado durante su arriesgada epopeya.

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