GRAND THEFT AUTO 2

Conducción temeraria, crimen, amoralidad, … GTA ha vuelto.

En cualquier caso, si atendemos a las tesis que defienden algunos medios de comunicación sensacionalistas, la serie Grand Theft Auto debería estar poco menos que prohibida.

Así que vamos a dejar claro desde el principio que este es un juego para adultos; es decir, aquel colectivo de personas con al menos 18 años de edad, y a los que se presupone el derecho y la capacidad para decidir por sí mismos.

Dicho esto, sería conveniente profundizar un poco en el planteamiento del título, en el que se combina la violencia fascistoide de Taxi Driver con la espectacular falta de escrúpulos presente en las películas de gangsters.

Sumadle una pizca de conducción suicida y tráfico de drogas, para comenzar a entender la mecánica.

Todo ello sin olvidar el robo de coches.

Políticamente correcto no es, pero diabólicamente divertido, si.

Y es que mucho ha cambiado el agresivo mundo de GTA desde que se publicó la entrega original, apenas dos años antes.

De entrada, resulta evidente que el jugador no es el único gallo en el gallinero.

Su ejemplo parece haberse difundido, y la ciudad entera está infestada de truhanes, rateros de poca monta y matones.

Por tanto, no esperéis ser unos simples espectadores de vuestros propios crímenes, pues aunque forméis parte del gremio es muy posible que vayan a por vosotros.

Así que en esta ocasión seréis la víctima y verdugo, horna y zapato.

No es algo que podáis tomaros muy a la ligera.

Respecto a la ciudad, está dividida en tres sectores, uno por cada nivel disponible.

Un triunvirato de familias rivales se reparte como buenamente puede el control de las calles, y vosotros estaréis presentes en casi todos los vértices de este triángulo sangriento.

Empezad por conseguir un trabajo y ganar el respeto de una de las facciones.

Como cabía esperar, seréis unos don nadie, pero con vuestras correrías iréis otorgando razones de peso para que os contraten.

Eliminar a algún molesto enemigo no estaría de más para tal fin, y podría ser una buena forma de convencerles.

No obstante, en cuanto forméis parte de una banda, estaréis en el punto de mira del resto.

Por eso resulta poco conveniente frecuentar el denominado territorio normal, y muy necesario servirse de la lealtad de vuestros cómplices, que arriesgarán sus vidas para salvar la vuestra.

Otras cosas han cambiado drásticamente con respecto al capítulo anterior.

De entrada, la policía ha prescindido de cualquier escrúpulo imaginable.

Se supone que todos tenemos ciertos derechos constitucionales, pero aquí no van a respetar los vuestros, pues todo el mundo juega con vuestras mismas reglas.

Y además de expeditivos son realmente eficaces; ni se os ocurra violar la ley con ellos en las proximidades porque os perseguirán, darán caza y eliminarán si la situación lo requiere.

Huelga decir que esto no es Driver, pero “la pasma” no se conformará con impedir vuestro cometido.

Irán a por vosotros, y si fracasan, llamarán a las unidades especiales, que a su vez le cederán el protagonismo a los federales, e incluso a la Guardia Nacional.

El Estado entero está en contra vuestra.

Y cuando la situación se complique tendréis que lidiar con numerosos tanques y marines; poco importa lo que hagáis entonces.

Seréis hombres muertos.

Aunque si la diosa fortuna os sonríe quizá podáis colaros en un carro blindado y pasar los últimos momentos presentando feroz batalla.

¿Qué más se puede pedir?.

En definitiva, podréis jugar con lógica y sentido común, o por el contrario, enloquecer y destruirlo todo.

Pero las mejoras van mucho más allá.

Sirvan a modo de ejemplo los residentes, cuya inteligencia se ha perfeccionado notablemente, pues todos parecen apresurados por acudir a algún punto indeterminado.

En no pocas ocasiones los veréis utilizando cuantiosos transportes, ya sean públicos o no.

Así que si tratáis de robar un autobús, pronto os descubriréis convertidos en unos pilotos rodeados por una multitud vociferante.

Tal como dicta la lógica, no es recomendable intentar eliminarlos a todos, pues antes de que eso suceda se avalanzarán sobre vosotros con funestas intenciones.

En cuanto a las misiones, respetan la esencia del clásico GTA, y con frecuencia exigen llevar algún objeto a un determinado lugar con la menor brevedad de tiempo posible; aunque para la presente ocasión se permite un poco más de creatividad.

Pongamos un ejemplo práctico: durante los primeros compases de la aventura os solicitan llevar un flamante deportivo a otro de los temidos jefes.

Tenéis que cruzar la ciudad y entregar el coche sin un sólo rasguño, aunque no tardaréis en comprobar que conduciendo normalmente no conseguiréis completar la tarea que os ha sido encomendada.

En cambio, si robáis una furgoneta, localizáis un taller vacío y metéis el coche en su interior, la dificultad se reduce más que satisfactoriamente.

Se trata a grandes rasgos de hacer uso de la lógica y el sentido común.

Y aquí radica uno de los grandes alicientes de GTA2, un título que os permite probar diferentes soluciones hasta hallar la idónea.

La violencia puede resultar útil, y en ocasiones, contraproducente.

Queda claro que no es el único objetivo del juego, sino uno de los diversos métodos que tenéis a vuestra entera disposición.

Por estas y otras razones, Grand Theft Auto 2 se torna un programa realmente divertido.

Dista de ser excesivamente original, aunque no es menos cierto que la práctica totalidad de apartados de la primera entrega han sido ligeramente perfeccionados, para ofrecer una mayor sensación de libertad y sutileza.

Y es que la impresión de deambular por semejante caos urbano pocas veces había sido recreada de una forma tan verosímil y fidedigna.

Como cabría esperar, la guinda del pastel la ponen las recurrentes pinceladas de humor negro.

La violencia y destrucción que sembraréis a vuestro paso se entienden mejor – y por añadidura resultan más útiles – si os lo tomáis con cierto espíritu deportivo.

El control de los vehículos vuelve a ser sobresaliente, la banda sonora conserva el tema original del primer episodio, engalanado con toda suerte de melodías y, por si fuera poco, el juego en sí resulta profundo y creativo.

Una valiosa puesta al día del clásico imperecedero que sirvió para popularizar el género.

A destacar su final abierto, la conducción de todos los vehículos que aparecen y su humor descerebrado.

Pese a ello, no es oro todo lo que reluce, pues se echa en falta una mayor duración y progresión en la trama.

Xtremeretro

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.