GREEN BERET

El clima geopolítico de la Guerra Fría, a mediados de los años ochenta, fue un terreno fértil para los fabricantes de arcades de acción.

Con la amenaza de la aniquilación nuclear y los ejércitos de un solo hombre, como Sylvester Stallone y Chuck Norris, la xenofobia desenfrenada era un tema que resonaba tanto en las grandes pantallas como en las salas recreativas, oscuras y llenas de humo.

No es de extrañar, por tanto, que Green Beret fuera un éxito rotundo cuando salió al mercado.

La mayoría de coin-ops de tema bélico no hacían responsables del rescate de prisioneros de guerra o del acoso a los comunistas a ningún país extranjero específico.

Green Beret, sin embargo, tuvo menos tacto.

Al insertar la moneda, al jugador se le ofrece la visión de cuatro prisioneros de guerra retorciéndose a los que pronto les van a dar un desayuno de balas.

Nuestro héroe, vestido de verde, avanza horizontalmente por las instalaciones militares enemigas apuñalando con su cuchillo a un enjambre de enemigos vestidos con impermeables.

Por el camino, recoge armas enemigas – lanzallamas, bombas antitanque, granadas – para seguir con la matanza.

Como precursor de Combat y otros juegos de correr y disparar, Green Beret es un título trepidante por excelencia, y también exigente.

En vez de tácticas viles, el juego se basa en un bombardeo continuo de soldados enemigos que al final hacen perder la concentración al usuario, y los ataques de cada nivel siempre llegan a su punto culminante con más adversarios mandados al infierno.

En realidad, Green Beret sólo trata de una cosa: una matanza orgiástica que únicamente el aspecto burdo de sus gráficos en 8 bits logra suavizar.

Pese a ello, cosechó un éxito todavía mayor en sus ediciones para ordenadores domésticos.

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