GUERRA A MUERTE AL INVASOR

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No sabía, ni de lejos, lo que me esperaba.

Llegué al hotel de Valencia de madrugada, echo polvo y cantando aquello de Asturias patria querida, tras asistir a la boda de nuestro compañero Juan Celda – un viejo conocido de esta página -, loco por meterme en la cama y apagar la luz.

Dije hola buenas en recepción, seguí impaciente al mozo que llevaba mi equipaje, le di su propina, dejé la ropa de cualquier modo y caí redondo, como un saco de patatas, en la habitación 201.

Lo último que recuerdo es el roce del mentón sin afeitar en la almohada.

Tras eso concilié el sueño, despidiendo desde la lejanía a nuestro viejo redactor, consciente de lo mucho que iba a añorar su amistad y sus comentarios jocosos en torno a videojuegos varios; a sabiendas de que, a esas alturas, ya estaría rumbo a Méjico junto a su amada.

Pero me desvío del tema.

Tan sólo una hora después – las siete de la mañana, para ser precisos – me despertó un extraño ruido, como si alguien estuviese soplando un instrumento de viento en la habitación de arriba.

Sonaba brom-brom en tono grave, y me quedé mirando el techo a oscuras, desconcertado.

Silencio y otra vez brom-brom, con una cadencia distinta, repetida hasta convertirse en melodía.

No puede ser, me dije.

Es imposible que alguien se ponga a soplar un instrumento – me pareció un fagot, pero podía ser cualquier cosa – a las siete de la mañana, en la habitación de un hotel de cuatro estrellas.

Pero no lo era.

Brom-brom tararí, sonaba a través del techo.

Miré el reloj, pensé en el podcast al que me habían invitado a participar horas más tarde, y maldije mi suerte.

De todas las habitaciones de hotel del mundo, tenía que haberme tocado ésa.

Di dos golpes en la pared, pero el soniquete del techo continuó, imperturbable.

Maldije en arameo, con ese barroquismo mediterráneo que solemos usar los nacidos en Gandía, mezclando a San Apapucio con el copón de Bullas.

Después, resignado, me tapé la cabeza con la almohada, e intenté conciliar el sueño.

Brom-brom, tararí tarará.

Aquel floreo final hizo que me sentara en la cama con ansias homicidas.

Alargaba la mano hacia el teléfono, dispuesto a pedir la cabeza del fulano o subir a cobrármela yo mismo, cuando la música se interrumpió un momento y el ruido del agua al correr de la cisterna me dejó atónito.

Aquel cabrón estaba tocando el fagot en el retrete, y sólo se interrumpía para tirar de la cadena.

El brom-brom se desplazaba ahora por el techo hacia el otro extremo de la habitación, e imaginé al fulano en pijama, soplando feliz, a la espera del desayuno y de la madre que lo parió.

Me abalancé sobre el teléfono y denuncié el hecho a Recepción con voz entrecortada por la cólera.

Ya se ha quejado otro cliente, respondieron.

Ahora mismo intervenimos.

Hundí la cabeza en la almohada, esperando, hasta que por fin cesó la música.

Sonreí satisfecho y entorné los ojos.

Treinta segundos después, el brom-brom empezaba de nuevo.

La recepcionista estaba desolada.

Había subido personalmente a la habitación 301.

La ocupante era una señora alemana de una orquesta alojada en el hotel, explicó, y había respondido que ella ensayaba todas las mañanas al levantarse, y le daba igual estar en un hotel de Valencia que en una pensión de Lübeck.

Pero usted no puede hacer eso, le dijo la rcepcionista.

Se equivoca, respondió la alemana.

Sí puedo, y cerrando la puerta, había vuelto a tocar.

Corté la comunicación con la recepcionista para marcar la habitación 301.

Oí el sonido de la llamada, el brom-brom se interrumpió y el ja? de la alemana sonó en el auricular.

Para mi consternación, la pájara no hablaba ni english, ni français, ni otra lengua que no fuese el alemán.

O se lo hacía.

El caso es que mis “música nein, yo dormir, sleep, a ver si te enteras, Heidi, o como te llames“, respondió colgando el teléfono y volviendo a soplar el fagot.

Les juro que si llega a ser un fulano, subo con un martillo y salimos en los periódicos.

Pero uno no puede partirse la cara con una profesora de filarmónica de Hamburgo que toca el fagot en ayunas, mientras se alivia.

Así que volví a marcar el teléfnono de la 301 y le dije, desesperado, lo único que sé decir en alemán: ” Wagnen, kaputt, tú nazi“.

Aquello la cabreó mucho, y después de llamarme algo así como hurensonne – hijo puta, creo – colgó, muy indignada, y volvió a soplar más fuerte.

Dando el sueño por perdido, por lo menos te voy a reventar el ensayo, me dije.

Guerra a muerte al invasor.

Así que me dediqué a hacerle sonar el timbre del teléfono accionando una y otra vez la rellamada automática.

Como buena alemana, ni se le pasaba por la cabeza dejar el auricular descolgado, y así estuvimos hasta las nueve, ella interrumpiéndose para descolgar y volver a colgar cuando el timbre le crispaba los nervios, y yo dale que te pego a la tecla.

Un modo como otro cualquiera de empezar el día.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.