HACIA LA TORRE DE BABEL

Cuando en la más profunda oscuridad una tenue luz iluminaba el firmamento, aquella torre se deslizaba majestuosa en el creciente manto de la noche, con la única compañía de la suave brisa que acariciaba sus impenetrables muros.

No obstante, la luz estaba justo donde debía estar: donde los antiguos calcularon que estaría, mientras trazaban la última esperanza del género humano.

Y cuando Will se encontró con ella, sonrío para sus adentros.

Era la torre de Babel.

Cerró los ojos y recordó todo el sufrimiento pasado, y al abrirlos la torre seguía ahí, un poco más cerca, como una presencia amenazante que indicaba peligro inminente.

Entonces no pudo evitar maravillarse con la gama de tonos rojizos que se iban apoderando del cielo nocturno, y esperando el amanecer pensó en todos los hombres que durante siglos navegaron para adentrarse en ese mismo lugar, tal como hicieron sus padres años atrás.

Gentes de mar y de ciencia que lenta y minuciosamente recorrieron un largo camino para aventurarse hacia lo desconocido.

Fueron siglos de intuiciones y trabajo desinteresado, y todo para que él se encontrase allí en ese preciso momento.

Y así, mientras permanecía en aquel recóndito lugar alejado de la mano de Dios, el tiempo paracía detenerse; en tanto en el exterior los hombres convirtieron las zonas hostiles en lugares habitados, más seguros y cómodos.

Poblaron el paisaje de luces y de vida, venciendo la batalla de su piel desnuda.

Pensaba en todo eso mientras penetraba en la solemne construcción, y sentía gratitud por quienes hicieron posible aquel extraño monumento.

Pero, aún con ese pensamiento latente, recordó la trágica muerte de Seth, y el noble sacrificio de Hamlet, a quien muchos aldeanos debían la vida.

Y malditos fueran todos aquellos que les habían causado tanto dolor, se decía en un intento banal por recuperar parte de la valentía perdida que caracterizaba a su alter ego, Freedan, el eterno Caballero Oscuro.

Después de incontables años luchando por sobrevivir a los monstruos, el hombre había logrado imponer sus reglas.

Ya era el más poderoso y, sin embargo, su fortaleza no podía nada contra la luz del cometa que lenta pero inexorablemente se iba acercando hacia la torre.

No satisfecho con haber sometido a la humanidad, el funesto cometa parecía humillarla con su sola presencia.

La destruía y la adaptaba a sus más ridículas pretensiones.

Incluso la madre Tierra comenzó a cambiar, dando lugar a absurdas colmenas de hormigón, playas artificiales, ciudades desaforadas, y campos devastados y estériles.

Will se dio cuenta de todo eso allí, perdido en la inmensidad de la nada, y de pronto se agitó nervioso al notar una mano sobre su hombro.

Era Kara.

Entonces supo que no todo estaba perdido, y que ni siquiera la maldad, la estupidez o la ceguera bastarían para destruir todas las cosas hermosas de este mundo.

Luego, rompiendo el alba, la luz portadora de muerte comenzó a insinuarse en el horizonte.

Y allí pelearon los dos, por sus vidas y las nuestras, en el lugar donde los hombres conquistaron su anhelada libertad.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.