HÉROES BONDADOSOS Y, QUIZÁ, PRESCINDIBLES

Robocop 2

Un videojuego de moda, aunque no neceariamente actual, de aquellos que promueven con tanto afán en las horas de máxima audiencia durante el periodo navideño.

Protagonizado, como no podría ser de otro modo, por un héroe que conmueve y vive como propios el dolor y los sentimientos ajenos.

Silencios significativos y miradas llenas de humanidad convenientemente captadas inundan la escena.

Acongojados los jugadores en sus respectivos asientos.

Y en el punto de mira una niña – o todas las variantes que ustedes quieran – de apenas siete años, rescatada provisionalmente de una zona pobre, asolada por la miseria, drogadicción, violencia, y un largo etcétera.

La niña en cuestión echa de menos a su mamá y su papá, que probablemente estén muertos a estas alturas de la trama; y a pesar de todo, el héroe se congratula de ella porque, al menos durante un breve periodo de tiempo, podrá vivir a cuerpo de rey.

En algunos títulos incluso se les llega a preguntar qué ocurrirá pasado ese plazo, a lo que, en el mejor de los casos, responden que cada mochuelo a su olivo.

A fin de cuentas, ellos son héroes de videojuego, y no están para esas mandangas.

No obstante, poco importa, porque nuestra niñita podrá volver a la miseria tarde o temprano, pero sabiendo, eso si, lo que significa vivir en paz.

Para que la joven infeliz sepa todavía mejor lo que significa vivir en la prosperidad, y no en una zona de mierda, el narrador, o, ya puestos, el propio héroe, anuncian una sorpresa maravillosa.

Y entonces, como por arte de magia, todo el mundo a su alrededor parece feliz, y si me apuran, hasta caen copitos de nieve – dadas las fechas tan significativas en las que nos encontramos -, y no faltan copiosos regalos.

Todo es tan empalagosamente entrañable, y endemoniadamente emotivo, que la niña rompe a llorar, y lloran los jugadores, y llora, faltaría más, el incombustible héroe de turno.

Porque, aunque este mundo apesta, todavía quedan personas maravillosas dispuestas, antes de que empiece el Barça-Madrid, a hacer feliz por un rato a una inocente criatura de apenas siete años.

Así que, limpiándose las lágrmas, el héroe posa para la cámara poco antes de que el juego concluya.

Con dos cojones.

Y mientras tanto, un servidor – no sé ustedes – ingiere con asombrosa rapidez un zumo de limón para no vomitar.

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Nuestro mundo es cruel.

Vivimos en un siglo cruel.

Y, por ende, algunos títulos también son crueles.

Pero hay crueldades estúpidas, causadas no por maldad, sino por pura demagogia.

Y, recuerden, siempre hace más daño un estúpido, o un demagogo, que un malvado.

Al menos en lo que se refiere a los videojuegos.

Porque al malo, según el programa y las costumbres, se le vuela la tapa de los huevos, y a otra cosa mariposa.

O, en su defecto, se le reinserta, o se le compra.

Qué se yo.

Pero con los estúpidos no cabe dicha posibilidad, pues te gangrenan toda la partida con su buena voluntad y su torpeza y, aún así, debido a su propia ambigüedad, no puedes darles matarile.

Ustedes disculpen, pero el arriba firmante está hasta el moño de aquellos santurrones que, virtualmente hablando, tienen más peligro que tantos otros final bosses con funestas intenciones.

Y en esta categoría incluyo a los bienaventurados que, con toda su buena voluntad, se jactan de proteger a niños durante X tiempo, e integrarlos un contexto social que no es el suyo, para luego catapultarlos a la sangre y la miseria nuevamente, llenos de frustración y dolorosa lucidez, siendo plenamente conscientes de su desdicha.

Como si estuviera en su humilde mano cambiar aquella triste situación, hasta que un nuevo héroe aparezca.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.