IKARUGA

Hete aquí la mejor versión hasta la fecha del juego que hizo replantear a la industria sus virtudes y prioridades.

Ikaruga siempre renace, nunca muere.

Es difícil abordar esta reedición de Ikaruga sin que nos embargue la nostalgia.

Dreamcast, año 2.001, la causa estaba perdida.

Una de las consolas con el mejor catálogo visto en tal brevedad de tiempo – apenas tres años -, estaba a punto de sufrir una prematura y trágica muerte por culpa del declive económico de SEGA.

Pero en su último suspiro, ahí estaba, con aberrante discreción, el juego de Treasure.

Para muchos entre los que me incluyo, uno de los mejores títulos del catálogo: un inigualable alegato póstumo a la jugabilidad.

Ningún otro trabajo hubiese servido de modo tan intachable como broche para la última plataforma de SEGA; Treasure, una de las desarrolladoras que han estado históricamente más ligadas a la compañía, brindó un título que puso patas arriba un género relegado al sector más puro y underground de los jugadores, el shoot’em up clásico, transformando lo simple en complejo y lo tórrido en adictivo.

Si tuviese que escoger mi matamarcianos preferido, probablemente sería éste: su imperecedera y diferencial mecánica, engañosa simplicidad e indiscutible belleza atemporal, hicieron que durante años tuviese más tiempo volcado mi televisor que en su posición original.

Pero Ikaruga no es un incunable por su impecable aspecto, combinando con maestría mitología oriental, el “horror vacui proyectilístico” clásico del género o el elegante binomio gráfico blanco/negro.

Ni tampoco por su excelente banda sonora, inolvidables piezas cargadas de inaudita épica en este tipo de juegos, siempre más tendentes a la ligereza y despreocupado guitarreo.

Treasure creó un shump de estructura definida, con un excelente sentido del ritmo, concebido para divertir desde el primer segundo hasta que un endemoniado proyectil impacta en nuestra hit-zone y destruye nuestras ilusiones de aumentar nuestro récord.

Sin ítems, subyugados a la rutina más obsesiva, al perfeccionismo extremo, la dificultad en continuo crescendo y, en definitiva, todo lo que debería ser – y no es – un videojuego: un puro ejercicio de masoquismo, precisión y superación personal.

ESQUIVA Y ENCADENA

Hay muchas formas de jugar a Ikaruga, pero sólo una es la correcta: la que te proporcione mayor puntuación.

En un primer contacto – que puede llevar semanas – la, digamos, primera “capa jugable” nos obliga a dominar la bipolaridad de nuestra nave, característica que nos proporciona el poder de absorber los proyectiles blancos en una posición y los negros en la inversa.

Superar todos los niveles y los asombrosos jefes finales es sólo el primer paso para dominar el juego: ahora toca aumentar el nivel de dificultad y abordar el complejo submundo de los chains.

Eliminando grupos de tres enemigos del mismo color, sumaremos una cadena mejor cuanto más larga, ya que repercutirá positivamente en nuestra puntuación.

Esto nos obliga a limitar el uso del disparo – y tener cuidado con los especiales… – y a volver a aprendernos los niveles, evitando destruir a ciertos enemigos, esquivar más que atacar y afrontar los niveles como una delicada coreografía en vez de una vulgar orgía de explosiones.

Si eliminamos a un enemigo del color equivocado, destruiremos la cadena.

Si nos impactan, también.

Estas son las reglas del juego: si no eres lo suficientemente bueno, no serás recompensado por el azar.

Dicho lo cual, la edición de Xbox 360 es un auténtico milagro.

Los usuarios europeos pudimos disfrutar de Ikaruga con la versión para GameCube, mal distribuida por Atari, que frustró la impecable experiencia de juego original con unos inapropiados 50Hz.

Por fortuna, esta encarnación del clásico llegó a una plataforma que permite jugar con un apartado gráfico remasterizado en HD, el más fiel a la recreativa original hasta el momento, tablas de récord y Modo Cooperativo online – se acabó el vacile indemostrable -, soporte para unos cuantos joysticks arcade aceptables y todo tipo de pequeños detalles que hacen de esta adaptación la más completa e imperecedera de todas.

Incluso podemos volcar nuestros mastodónticos paneles LCD – desde aquí no nos responsabilizamos, pero incitamos – para jugar como nunca imaginasteis.

Ikaruga, tanto en 2.001 como ahora, sigue siendo único y ejemplar.

Un videojuego consciente de sus posibilidades, que pese a su limitado esquema y a su impenetrable linealidad, siempre logra hacernos descubrir una forma de superar el reto un poco más eficaz, una partida un poco más perfecta.

Ambición bipolar, nervios de acero, visión en estéreo.

Perfección, como pocas veces se ha logrado ya no en el género, sino en toda la historia del videojuego.

EVOLUCIÓN PLÁSTICA

De micro píxeles a bellísimas navesde diseño, un shooter como pocos.

PERSEVERANCIA

Dominarlo significa meses de aprendizaje y obsesión por la precisión.

POR ALGO SON JEFES

Los habréis visto más grandes pero no más fuertes: los final bosses de Ikaruga son la culminación de cada nivel, combinando elegancia, inabarcable dificultad y rutinas de ataque definidas, junto a la irritante capacidad de hacernos perder la paciencia con frecuencia y destrozar nuestros frágiles nervios tras niveles igual de desesperantes y tormentosos.

EN SÍNTESIS

Pocas veces se ha intentado pero muchas menos logrado: Treasure plasma en Ikaruga lo que ha intentado decir al mundo en todos estos años, ha justificado lo que se supone un videojuego para ellos y estamos en completa concordancia.

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