INTERSTATE ’76

Uno de los aciertos de los creadores de videojuegos de finales del siglo XX fue aplicar un diseño retro, pero pocos consiguieron imitar la estética de los primeros títulos de 8 bits.

Interstate ’76 bebe de los shows televisivos y de las típicas películas a lo Quentin Tarantino que remitían a la década de los años setenta, y consigue ofrecer una experiencia verdaderamente impactante.

Los créditos iniciales recuerdan los de las series televisivas al uso, con los principales personajes asignados a los actores ficticios, con un trasfondo de música funky – compuesta por Arion Salazar -.

Interstate ’76 se inicia con el campeón automovilístico Groove Champion, convertido en un obsesivo padre en busca del asesino de su hija.

A bordo de su Picard Piraña de 1.971 – el equivalente en el juego del legendario Plymouth Barracuda -, Groove es guiado por el novio de la hija – con un peinado afro tan voluminoso como su afición a la poesía – a través del estado de Texas para investigar las causas de la muerte.

Pero el argumento, concebido como una road movie de serie B, no es el único componente interesante del juego.

Su primer combate automovilístico en tres dimensiones sirvió para definir un género, en el que aún no ha sido superado.

El sistema de simulación de daños y el magnífico aspecto de sus armas compensaba la dificultad de navegación, mientras se disparaba a los oponentes; y su sólido diseño de juego, junto a unos gráficos simples y limpios, le han permitido sobrevivir sin que parezca arcaico.

Quizá gracias a la decisión de renderizar todos los personajes, usando polígonos sin textura ni contraste de sombreado.

Ese mismo aspecto influiría luego en juegos como Killer 7.

En definitiva, puede decirse que Interstate ’76 ha sabido envejecer.

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