LA HISTORIA DE APPLE, PARTE 3

Antes de garantizarse el favor de cualquier otra compañía desarrolladora, cada trabajador de Apple prometió realizar una adaptación de su juego recreativo preferido.
Entre ellos destacó la creación de Wozniak, quien puso su talento al servicio de un título a imagen y semejanza del afamado Breakout, con el que maravilló a los afortunados usuarios del Apple II.

Si bien es necesario destacar que, a falta de un lenguaje adecuado, el autor adaptó el sistema Basic para que las aplicaciones visuales resultaran más fáciles de programar, y lo dio a conocer como Game Basic.
A modo de curiosidad, el propio Wozniak decidió introducir diferentes trucos en sus juegos, con la finalidad de impresionar a los conocidos que se acercaban a su hogar.

A partir de entonces, irrumpieron en los ordenadores Apple clones del Choplifter, Space Invaders, Wolfenstein, e incluso un llamativo pinball que respondía al nombre de Raster Blaster, y llegó a convertirse en el título más destacado del momento.

Siguiendo con las rarezas, también apareció un arcade bajo el apelativo de la mismísima empresa, Apple Panic, donde el protagonista debía esquivar peligrosas manzanas rodantes mientras ascendía a través de incontables pisos.

Sea como fuere, el éxito de todas estas entregas bien podría tacharse de discreto, en parte debido a la ausencia de joysticks, por lo que su control mediante el teclado se tornaba en algo tedioso.

En el año 1.980 vio la luz una novedosa versión del mítico Apple II, bautizada para la ocasión como Apple II Plus, que añadía una unidad de disco más eficaz, seis colores en alta resolución, y el consabido aumento de memoria.

Pero en esa fecha los múltiples equipos de programación, animados por el notable éxito que experimentó el VisiCalc, prescindieron de realizar juegos, y centraron sus esfuerzos en el desarrollo de cuantiosas aplicaciones profesionales.

Por si esto no bastara, las máquinas diseñadas por Atari y Commodore demostraron cierta superioridad para gestionar gráficos en color, de modo que los Macintosh quedaron reservados al ámbito laboral.

La última oportunidad de Apple para consolidar a su ordenador como un sistema de juegos se encontraba en Europa, donde el sinigual Sir Clive Sinclair ya había conquistado a legiones de aficionados gracias al Spectrum.

Ni siquiera los grandes logros de compañías como Electronic Arts o Sierra consiguieron cambiar la imagen preestablecida de que los Macintosh eran poco más que poderosas herramientas de trabajo.

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