LA HISTORIA DE APPLE, PARTE 6

Cuando en el territorio americano las cifras de ventas no consiguieron sobreponerse a las de otras marcas, tales como Dell o Hewlett-Packard, en lugar de resignarse a su triste destino, en el departamento de I+D se apresuraron a realizar ligeros ajustes con el firme objetivo de ensalzar la imagen de su producto.

El más evidente de todos ellos consistía en iluminar el logotipo de Apple y darle  la vuelta – recordemos que, en el largometraje de Independence Day, el bueno de Jeff Goldblum liberaba al mundo de una invasión alienigena gracias a un Powerbook que, tras abrirse, lucía una manzana boca abajo -.

Pese a estos detalles, la imagen que tenían los consumidores de los Mac, especialmente al otro lado del Atlántico, continuaba estrechamente ligada a la de gente rara que formaba parte de una singular secta, por llamarlo de algún modo.

Y es que, para bien o para mal, los usuarios de Macintosh tenían un punto de vista diferente.

Si atendemos a las declaraciones del célebre Scott Kelby, autor del libro “Macintosh, The Naked Truth” para más señas, existía una relación de amor – odio con semejantes ordenadores.

Vuestros vecinos – aseguraba – podrían criticar la adquisición de un Mac, como quien al comprarse un coche prefiere un Yugo en lugar de un Rolls Royce.

Sin embargo, argumentaba que tales computadoras funcionaban realmente bien, y permitían a su vez dedicar más tiempo a actividades laborales porque raramente se colgaban o tenían problemas de compatibilidad.

Concluía diciendo que, a grandes rasgos, esa era la razón por la que la gente se enamoraba de los ordenadores Apple.

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