LA LEY DEL JUGADOR RODEADO

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Imagino que estarán al tanto de la famosa Ley de Murphy.

Ya saben, cuando algo puede salir mal, sale rematadamente mal, tal es el caso de la dichosa tostada que siempre cae por el lado de la mantequilla.

Pues bien, he constatado que esa mal llamada Ley no es única.

La experiencia demuestra que se pueden establecer un número infinito de leyes propias o ajenas, y extenderlas a la industria del videojuego, ampliando así la de Murphy o bien internándola por otros apasionantes vericuetos de nuestras experiencias personales y percances.

Tengo amigos que hasta las anotan conforme las descubren, coleccionándolas.

La del final boss que te mata cuando está en las últimas, a punto de sucumbir, o el apagón de luz tras realizar tal o cual proeza, que todavía no has inmortalizado en la correspondiente tarjeta de memoria.

Yo mismo poseo un amplio surtido.

Aquella de la llave equivocada, que no puede faltar en todo Survival Horror que se precie – en la actualidad sigo sin comprender por qué suelen dejar la puerta principal abierta, en tanto cierran todas las demás -.

Otra que se cumple siempre, con precisión asombrosa, es la del internauta que, milagrosamente, desaparece antes de perder un partido, un combate, o todas las variantes que ustedes quieran.

Pero no me sucede a mi sólo.

Mi compañero Carlos Alonso estableció hace poco la Ley del Autobús Poco Oportuno.

Les explicaré a grandes rasgos en qué consiste: cuando te dispones a comprar el nuevo GTA, en una ciudad con varios millones de habitantes, y tras argumentar que esa misma tarde no puedes quedar con la novia a causa de unos terribles dolores, pasa ese maldito autobús con la parienta asomada a la ventanilla.

Ahora mi apreciado compañero amplia esa ley con incesantes derivaciones, como el llamado axioma del celibato: las probabilidades de intimar son inversamente proporcionales a la mala leche acumulada por su legítima.

Mal nos pese, algunas de estas fatídicas leyes no admiten excepciones.

La del Jugador Rodeado, sin ir más lejos.

Podríamos formularla de la siguiente manera: cuando diriges tus pasos hacia el salón recreativo más cercano, de los pocos que todavía sobreviven y mantienen varias máquinas donde elegir, se materializa algún aficionado justo a tu lado.

En determinadas zonas esto se amplía con inexorables corolarios: aunque queden diversas coin-ops libres a tu alrededor, los jugadores tenderán a agruparse en el reducido espacio que han ido dejando los anteriores, que a su vez se encuentran próximos a ti.

Al cabo de un rato, la confirmación de dicha ley ocasiona que, con una sala prácticamente desierta, cinco o diez personas se encuentren amontonadas en un mismo lugar, y que cada nuevo personaje que irrumpa en escena piense que algo malo tendrán las otras coin-ops cuando nadie les presta atención.

La Ley del Jugador Rodeado resulta utilísima además a la hora de hacer previsiones, pues tiene innumerables aplicaciones para el usuario experimentado.

Por no alejarnos de los recreativos, basta con cambiar al típico mirón por otro individuo quizá más altruista, que tan amablemente se presta a pasarse el jefe, el nivel, o el juego al completo… con tu dinero.

Etcétera.

Y si nos distanciamos un poco, qué les voy a contar.

Ahí está la nefasta Ley de la Mesa Contigua, que no es sino una variante de la anterior aplicada a los bares u otras zonas de ocio.

Me explico, en una cafetería, con todas las mesas vacías, te dispones a mitigar la espera jugando a cierta aventura conversacional para Game Boy Color, género que como sabrán requiere de no poca perseverancia y concentración.

Pues bien, cualquier cliente recién llegado ocupará gustoso la mesa más próxima a la tuya.

Una ley que, dicho sea de paso, se ve reforzada por otra ley que responde al nombre de Camarero Cabrón.

C.C. para los entendidos.

Esta misma tarde, a eso de las siete, tuve ocasión de confirmar el asunto.

Estaba sentado esperando a mi compadre Carles Riera, justo al fondo de una cafetería grande y solitaria, cuando de la nada apareció un grupo de ancianos dispuesto a echar una partida al mus.

En cuanto los vi entrar, deduje: date por fornicado José.

Y oigan, queda feo que me eche flores, pero bordé el pronóstico.

Cruzaron el local sorteando con pasmosa velocidad las restantes mesas vacías, y fueron a instalarse justo a mi lado.

El resto se lo pueden imaginar: duples, parejas, oye guapa, viene ese café o qué, y todo entre golpes de baraja.

Pasado un rato llegaron más clientes y, como era de esperar, decidieron sentarse a mi alrededor, bien agrupados, de modo que aquello, más que una cafetería, parecía una plaza de pueblo en plena fiesta patronal.

La Ley del Jugador Rodeado, como les iba diciendo.

El que está solo es porque quiere, o porque no sale de casa.

Y ni aún así te lo permiten.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.