LA PROFESORA DE MATEMÁTICAS, AFICIONADA A LOS JUEGOS RETRO

Maths Teacher Pixel Art Xtreme Retro

Hoy me toca hacer de celestino para C., que tiene dieciséis años, es un lector y por tanto un amigo.

El caso es que su profesora de matemáticas, me cuenta C., también es habitual de Xtreme Retro, tiene poco más de treinta años, es morena y está tremenda.

Y vive enamorado de ella como un becerro, hasta el punto de que la última vez que lo llamó a su despacho para echarle una soberana bronca porque anda fatal en la materia, él ni siquiera pestañeó porque no hacía más que mirarle sus labios, que los tiene – asegura – como las cerezas picotas.

Cuando me escribió a través de la página de Facebook, hace ya cuatro largos meses, C. estaba seguro de que iba a catear la asignatura.

Cosa que no me importa – matizaba – porque así el año que viene volveré a verla“.

El caso es que me pedía ayuda, porque, apuntaba: “los hombres tenemos que ayudarnos; yo no sé qué pensará usted de las mujeres, pero yo creo que nos tienen cogidos por los huevos, y que si entre nosotros no nos echamos una mano, ya me contará“.

Ante tan contundente argumento, el arriba firmante – que una vez tuvo dieciséis años y, en su caso, una profesora de Inglés también lo llevaba por la calle de la Amargura – no puede hacer otra cosa que ponerse a disposición del joven corresponsal con armas y bagajes.

Vaya por delante que estas cosas casi nunca resultan, pero quién sabe.

Además, como apunta C. en su misiva, una vez, tras regañarle por vago y por inútil, ella le dijo que cuando sonríe está muy guapo.

Y C., que salió flotando del despacho, sostiene con cierta lógica que si yo escribo este artículo él sonreirá más, y ella lo verá más guapo aún.

Además, en septiembre – fíjense cómo afina a medio plazo, el tío – “estaré más moreno, y seguro que hasta crezco un poco, así que le pareceré mayor“.

Así que aquí me tienen, a finales de septiembre, cumpliendo de hombre a hombre, y dispuesto a decirle a la profesora que, bueno, pues eso, lo que C. quiere que le diga.

Que la diferencia de edad en la cosa del hola qué tal es una milonga, y que a fin de cuentas vamos a vivir cuatro días.

Y que en el jugamento hipocrático, o presocrático, como se llame el que hagan los profesores, estará, supongo – supone C. – el de enseñar al que no sabe.

Y a él hay cantidad de cosas que le gustaría aprender.

Como, por ejemplo, de qué color se le ponen a ella los ojos con poca luz.

O cómo suena su voz cuando habla en un susurro.

O a qué saben las cerezas picotas que tiene en la boca y que a C. – y por el entusiasmo casi contagioso de su carta, a este paso, hasta mí mismo – le gustaría comerse despacito.

Eso es lo que hay, C., colega.

Yo he cumplido, como ves; y ya no me queda sino desearte suerte, buen viento y buena caza.

De todas formas, de ti para mí, tampoco te vayas a hacer muchas ilusiones sobre el efecto que esta página que tú y yo llevamos a medias pueda hacer en su ánimo.

Las profesoras, cuando como la tuya son treintañeras jóvenes y guapísimas, suelen tener bicho.

Quiero decir novio, amigo o marido.

Y cuando no, pues resultan menos receptivas a la sonrisa de un alumno que al maduro aplomo de un jefe de estudios o a los armónicos dorsales de un profesor de Gimnasia – la mía de Inglés, lo que es la vida, se casó con el de Gimnasia; y los once que estábamos en su grupo nos pasamos una semana borrachos de desesperación y de vino de Jumilla, hechos polvo, tirados por todos los bares de Valencia, buscando una espada amiga que nos diera piadosa muerte a todos -.

En fin, tú dale caña, compadre.

Dásela dentro de un orden.

Lo bueno que tienen tus dieciséis tacos es que en este tipo de cosas puedes equivocarte o meter la pata cientos de veces, y no pasa nada.

A fin de cuentas, lo peor en esta vida no es decir “aquella vez hice el panoli“, sino “si yo me hubiera atrevido“.

Así que haz el panoli, atrévete a decírselo – hoy te lo he desgraciado o te lo he puesto a punto – y que salga el sol por Antequera.

Pero no dejes que ese pedazo de mujer se te escape viva por cortado.

Eso sí que no se lo perdona uno nunca.

Porque a veces pasan, te lo juro, esas cosas.

Una señora estupenda rodeada de musculitos, cuarentones apuestos y chulos de discoteca, y de pronto ves que llega un tiñalpa escuchimizado que le dice hola, buenas.

Y ella le mira el careto y piensa: anda tú.

Éste sonríe, y se va con él, y viven una loca pasión de años.

O de un par de horas, que dura menos, eso sí, pero también tiene su intringulis.

Ah, y a ver si estudias un poco más, porque lo cortés no quita lo caliente.

O viceversa.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.