LA ÚLTIMA AVENTURA DE SOLID SNAKE

Old Snake MGS4

El tictac del reloj lo mantenía despierto.

Inclinó un poco la cabeza sobre la almohada, lo necesario para escuchar la respiración pausada del hombre que dormía al otro lado de la habitación, y después estuvo un largo rato muy quieto, con los ojos abiertos en la oscuridad.

Contó varios cientos de tictacs, y luego escuchó sonar a lo lejos lo que parecía ser una campanada.

Era de madrugada y, salvo por el latir del despertador y aquella respiración distante, el silencio del Nomad era sepulcral.

Efectivamente, todos dormían.

Se incorporó despacio, con toda la cautela posible en su cuerpo limitado por la artritis, la fibrosis pulmonar, y su avanzada edad.

Sintió el frío del suelo en la planta de los pies y buscó las zapatillas a tientas, amparado por el negro manto nocturno.

La tensión le hacía batir la sangre en los tímpanos y, con un último esfuerzo, se levantó centímetro a centímetro de la improvisada cama.

Crujió el suelo mientras él se movía inquieto, y escuchó a su buen amigo Otacon pronunciar algunas frases ininteligibles en sueños.

Snake permaneció así, inmóvil, angustiado, observando con ansiedad el bulto oscuro en la penumbra, hasta que la respiración del científico recobró el ritmo tranquilo.

Sólo entonces avanzó unos pasos y, siempre a tientas, se internó en el pasillo.

Era jugársela y lo sabía.

Reflexionó una vez más sobre aquello con la espalda apoyada en la pared, sintiendo la opresión del costado, la aspereza de los pulmones, y el dolor en las articulaciones.

Pero ya no podía soportarlo más.

Estaba harto de la presión a que se veía sometido día tras día; al límite de tanta recriminación absurda, de tanta incomprensión e intolerancia.

Llevaba días meditando aquel plan, y ahora, que estaba a punto de ejecutarlo, sentía la excitación de los viejos tiempos, cuando él era joven, y el mundo era grande, estaba lleno de promesas, y todo era a su vez posible.

Cuando la vejez no era sino un fantasma impreciso, distante.

Cuando él aún era dueño de su destino, en vez de prisionero, como ahora, de la supuesta piedad de su reducido grupo de allegados.

El pensamiento lo enardeció, y la taquicardia se hizo notar.

Había sobrevivido a más guerras de las que podía recordar, y pese a ello, todavía se sentía un hombre libre.

Al pasar junto a las ventanas, la luz de la luna recortaba su silueta en el pasillo.

Recorrió aquel avión en silencio, asomándose con cautela a las distintas habitaciones.

Todos los allí presentes dormían a pierna suelta, ajenos a lo que estaba a punto de ocurrir.

Sólo ante la cama de Sunny sintió vacilar un momento su determinación.

Solían enarbolarla como bandera a la hora del chantaje.

Le habría gustado verla crecer, llevarla de la mano e indicarle los escollos de la vida, la resaca final en la orilla de la soledad y del recuerdo.

Pero ni siquiera por ella merecía la pena soportar todo aquello.

Se acercó hasta un diminuto armario y palmeó sumido en la oscuridad de la noche.

El redoble de la sangre en los tímpanos se aceleró.

Si alguien despierta, pensó, estoy listo de papeles.

Pero ya no podía detenerse.

Alea iacta est, como dijo aquel fulano en una situación parecida.

No se llega tan lejos para volverse atrás, así que buscó con esmero hasta localizar el anhelado tabaco y un mechero.

Después se alejó despacio, sin hacer ruido, para encerrarse en el cuarto de baño.

Allí abrió la ventana y encendió un pitillo.

Era el primero en meses.

Aspiraba el humo lentamente, con deleite, preguntándose qué dirían su apreciado Coronel Campbell, Otacon, Raiden o su bienamada Sunny, si pudieran verlo allí, fumando ante el espejo.

Entonces hizo una mueca burlona y sonrió feliz.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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