LA VENDEDORA DE “SUPER JUEGOS”

Vendedora de Super Juegos Pixel Art Xtreme Retro

Cada cual tiene su propia imagen de Barcelona, naturalmente.

La mía incluye algunos museos, restaurantes, cafés, un mirador al que soy fiel desde hace más de una década, y una veintena de librerías y kioskos.

Precisamente, uno de esos viejos y entrañables kioskos forma parte de mis recuerdos más remotos.

Aunque ya no es, ni mucho menos, lo que era.

Los añejos libros y revistas han cedido el sitio a postales y bagatelas para turistas, aunque, con tiempo y paciencia, puede desenterrarse a veces algo pintoresco.

Hace años que no compro nada allí, pero siempre que puedo dedico un rato para transitar su calle, observando los puestos y a la gente detenida ante ellos.

En ocasiones creo reconocerme, al otro lado del tiempo, en algún jovencito flaco de mochila al hombro al que veo husmear, con emoción de cazador inexperto, vocacional, en las tiendas que ofrecen algo a quienes todavía buscan y sueñan.

También ella sigue allí, donde siempre.

Ahora debe rondar los treinta y cinco, poco más o menos.

La he visto envejecer en cada una de mis visitas al corazón de la ciudad.

La primera vez que la vi yo era apenas un chaval imberbe, y ella una atractiva muchacha de cabello rojizo que, a la hora de comer, sustituía a su padre en el kiosko.

Me parecía tan hermosa y fascinante que habitualmente me quedaba parado, observándola de lejos, fascinado por el aplomo con que se movía, su seguridad en la forma de ordenar los cajones y de atender a los clientes.

A veces pasaba muy cerca, junto al puesto, y me detenía frente a la añorada Super Juegos, sintiendo fijos en mi sus ojos, que eran de un singular color gris azulado.

Se me pegaba la lengua al paladar.

No me atrevía a cambiar con ella más que algún saludo formal, a preguntar por el precio de la revista, pagarla y dar las gracias mientras me alejaba.

Me parecía inalcanzable, sacerdotisa de un mundo que yo veneraba.

Lectora y vendedora habitual de tamaña revista, calculen.

Guardiana de mis anhelos, en forma de noticias y análisis, que esperaba cada mes con especial devoción.

Más aún porque internet, en aquella época, era un sueño distante.

Pasó el tiempo.

Entre viaje y viaje la vi crecer, y yo también lo hice.

Leí, anduve, adquirí aplomo, y conocí otros lugares a lo largo y ancho del vasto mundo.

Pero cada vez que volvía a esa calle la encontraba allí, atendiendo a clientes o sentada en una silla, leyendo junto al kiosko.

Por supuesto, ni se fijaba en mi.

Un día su padre murió, o se jubiló, porque nunca volví a verlo.

Ahora era siempre ella la que abria la persiana por la mañana, y la cerraba al atardecer.

Ni siquiera me reconocía de una visita a otra.

Hola, gracias, adiós.

Así pasaron unos quince años.

Y al fin, cierto atardecer, después de comprar otra revista especializada y sin pretenderlo – pues así ocurren estas cosas -, me quedé conversando con ella.

Algo relacionado con la desaparición de Super Juegos.

Cerró el kiosko, cogió su bicicleta, caminamos durante un rato y nos detuvimos un poco más lejos.

Se mostró locuaz.

Demasiado.

Y sentados en la mesa de una terraza, mientras ella hablaba sin parar, comprendí que no tenía nada que ver con la muchacha grave y silenciosa que yo había imaginado durante lustros.

Me pareció esquinada, superficial.

Y no demasiado inteligente.

Hablaba de dinero y clientes con una frivolidad pasmosa.

También me contó algo de su vida, divorcio incluído.

Y cuando llegó el momento de pausa incómoda en que los ojos preguntan “y ahora qué”, sonreí cortés, miré el reloj en el teléfono móvil, pagué el café y una Coca Cola, y la acompañé hasta el semáforo.

Después caminé calle abajo, junto a otros puestos cerrados, sintiendo desvanecerse una vieja sombra de juventud.

Desde aquella tarde han pasado un par de años.

Ella sigue allí.

Unas veces el kiosko está cerrado, y otras la veo de lejos, desde la acera opuesta.

Pero ya nunca me detengo.

La última vez estuve un momento frente al escaparate de otra tienda, en cuyo cristal podía ver su reflejo.

Era una tarde gris y de pocos clientes.

Leía, sentada.

Imposible reconocer en ella a la muchacha de cabello rojizo que antaño idolatraba.

Aunque, bien pensado, tampoco reconocí al hombre que la miraba desde el cristal.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.