LINDSEY STIRLING Y THE LEGEND OF ZELDA, LA UNIÓN PERFECTA

Hace escasos días paseaba distraido por un centro comercial en compañía de una buena amiga, que actualmente no está pasando por su mejor momento.
El caso es que sin darme tiempo a reaccionar cogió mi brazo.
– “Escucha“, me dijo.
Y yo obedecí.
Oí voces de adultos que conversaban sobre temas vanales, gritos de niños que jugaban alegre y despreocupadamente, ruidos molestos de televisores que anunciaban productos de todo tipo y pelaje, música de fondo, …
Justo lo que cabría esperar de un centro comercial, ni más ni menos.
– “¿Acaso no es maravilloso?”, me preguntó ella con un rostro aparentemente ilusionado.
A mi desde luego no me lo parecía.
No creía estar escuchando nada fuera de lo común.
– “¡El violín!”, insistió mi amiga, con una mueca de evidente decepción.
Debió notar que no me había percatado de ello, porque pronto volvió a la carga.
-“¡El violinista es fantástico!”.
Escuché entonces con más atención, y caí en la cuenta de que aquella melodía que sonaba era en realidad música en directo.
Desconocía por completo dicha canción y, sin embargo, las notas que emanaban del instrumento tenían el don de enmudecer todo el estruendo que les rodeaba.
La gente continuaba discutiendo sobre cualquier cosa de dudosa relevancia, los televisores se esforzaban por anunciar productos que aparentemente todo el mundo tiene, salvo tú y yo querido lector.
Y allí, en medio de todo aquel alboroto, se encontraba un violinista de apenas cuarenta años, sentado junto a una pequeña placa conmemorativa, en la que se explicaba que provenía de otra región.
Debe de haber buscado trabajo sin demasiado éxito – deduje -, y resignado se encontraba allí ganándose la vida como buenamente podía.
Pero, tras meditarlo breves instantes, caí en la cuenta de que quizá no estaba ahí realmente, pues su mirada se encontraba fija en el mundo de ensueño del que provenían aquellos acordes musicales; las mismas notas que fueron compuestas con todo el amor, el alma y el entusiasmo de sus creadores, y que en ese momento fluían a través de él, un hombre que daba lo mejor de si con una naturalidad arrolladora.
Poco le importaba que nadie, absolutamente nadie, estuviera allí para deleitarse con su representación.
La gente pasaba a su alrededor viendo escaparates y conversando amigablemente.
Pero el violinista ignoraba aquello, pues se encontraba conversando con los ángeles de Mozart.
Tampoco se dio cuenta de que había reunido a un público compuesto por apenas dos personas, y una de ellas, situada justo a mi lado, lo escuchaba con un entusiasmo creciente, que se reflejaba en las lágrimas de sus ojos.
Pensé entonces que aquel hombre tocaba porque era su destino, su alegría, y también su razón para vivir.
Mi corazón se ha endurecido bastante durante estos últimos meses, y ya casi no recordaba el significado de esas místicas palabras.
Pero al ver aquel hombre allí trazando sinuosas notas con su violín, me embriagó una sensación de profunda reverencia.
Este pequeño acontecimiento en mi vida me sirvió además para refrescarme otra valiosa lección: todos tenemos un sueño que cumplir y por el que luchar.
Después de lo que pareció ser una eternidad, el violinista advirtió nuestra presencia, nos saludó con educada discreción, y luego se volvió a su paraíso musical, donde es mejor dejarlo estar, sin que nuestros tímidos aplausos interrumpan su concentración.
¿Y a santo de qué os cuento este insignificante episodio de mi vida?.
Pues, ni más ni menos, a que hace escasas horas tuve la dicha de descubrir un vídeo que me devolvió aquella misma sensación, y hoy quiero compartir con todos vosotros, pese a que muchos ya lo habréis visto.

La protagonista en esta ocasión no es otra que la dulce Lindsey Stirling, otra afamada violinista que conversa directamente con nuestro corazón mediante su trabajo, y comparte además una embriagadora pasión por la saga The Legend of Zelda.

Para aquellos que quieran profundizar un poco más en su obra, os dejo también el siguiente enlace, desde el que podréis disfrutar de numerosas canciones interpretadas por esta simpar artista.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.