LO QUE APRENDÍ JUGANDO A METAL GEAR (SOLID)

Cada vez que mis obligaciones me lo permiten, aprovecho para perderme por aquellos ensangrentados campos de batalla que son un denominador común en la saga Metal Gear (Solid).

Konami ha tenido a bien recrear aquellos entornos donde infinidad de hombres se acuchillaron concienzudamente, de modo que en la actualidad es posible revivir toda la tragedia desde un punto de vista romántico, e incluso histórico, paso a paso.

De este modo, puedo seguir a miles de soldados anónimos a través de terrenos vírgenes como Dolinovoono, y acompañar a cierto héroe legendario en su terrible retirada de Rassvet, perseguido por sus iguales que, exasperados por la carnicería, negaban cuartel y no hacían prisioneros.

En ocasiones llueve, y camino junto a Big Boss bajo la lluvia, empapado como él, pasando por inhospitos lugares que vieron nacer no pocos ideales, para morir descorazonados al día siguiente.

A título personal, cuando he visitado museos y admirado las placas conmemorativas en el extranjero, he encontrado grupos de colegiales a quienes sus profesores explicaban con todo lujo de detalles las circunstancias de tal o cual batalla, poniendo especial énfasis en aquellos lugares marcados por los atlas históricos, pues su formación incluye, afortunadamente, este tipo de visitas.

Por contra, en España a duras penas conservamos referencias locales de estos acontecimientos pasados.

Uno transita por desfiladeros a cuyos pies se abre Bailén, por citar tan sólo un ejemplo, y no encuentra constancia de que, en ese mismo entorno, veinte mil soldados imperiales muertos de sed y acosados por las partidas de guerrilleros se rindieron a las tropas españolas cuando Napoleón era el amo y señor de Europa.

Con toda probabilidad se debe al patriótico uso que de tales asuntos siempre se ha hecho por estos lares, en un intento por disimular nuestras penurias; pero la triste realidad es que España parece avergonzarse de sus campos de batalla, muy al contrario de otros países.

Como si nos diera mala conciencia o nos importase, literalmente, un carajo que miles de seres humanos mataron o se hicieron matar sobre aquel funesto paraje.

Tal como nos ha enseñado la emblemática serie de Konami, esto resulta un grave error, pues un campo de batalla no es por sí mismo bueno ni malo.

Tan sólo es la zona donde rodaron los dados que utiliza la historia.

Sin lugar a dudas, un campo de batalla representa la barbarie, la sangre, y la locura.

Pero como bien ilustra Big Boss y sus respectivos sucesores, también equivalen a la abnegación, el coraje y todo aquello de que es capaz el contradictorio corazón humano.

Si olvidamos la demagogia nacionalista que manipula hasta la sangre honrada de los muertos, y también la otra demagogia carente de sentido que rechaza los ángulos de sombra tan evidentes en la historia y en la condición del hombre, uno de estos campos de batalla virtuales puede convertirse en una extraordinaria escuela de lucidez, de solidaridad, y de tolerancia.

Tanto es así que al arriba firmante le parece ideal que aquellos jóvenes en edad de formarse revivan, de la mano de Big Boss y compañía, lo que otros jóvenes tuvieron que afrontar, siendo juguetes en manos de los poderosos, las banderas y las fanfarrías, ya fuera entregando su vida honrosamente – una cosa no excluye la otra -, por un ideal o fe ciega.

Que aprendan lo que muchos otros en la vida real dejaron de bueno y de malo, y con frecuencia de ambas cosas a la vez.

Que frecuenten los infinitos cementerios que hay al final de caminos alegremente defendidos por miserables dispuestos a abrir la caja de Pandora en su propo beneficio, mientras pronunciaban palabras como patria, nación, intereses, y un largo etcétera.

Pero también que aprendan que los estados y las naciones, y el propio ser humano, se han formado a base de lucha y sangre.

Que el acontecimiento de los siglos y sus sobresaltos desataron, tal como nos recuerda The Boss, unos lazos y anudaron otros.

Que no hablamos de pueblos extraños, sino de gente cuyos antepasados compartieron sueños, miedos, lluvias y sequias, amores y batallas, acuchillándose unas veces sin piedad, y enamorándose otras en lugares que algunos pretendían consagrar como frontera.

Y que de toda esta terrible y maravillosa tragedia nos aceptemos tal como somos, el fruto de una historia de la que ocasionalmente debemos horrorizarnos, y en otras sentirnos orgullosos.

Pero que al fin y al cabo es la nuestra.

Un paseo por la saga Metal Gear (Solid) puede ser nefasto o, por el contrario, una experiencia cuanto menos positiva.

Todo depende de quién te guíe por sus campos de batalla.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.