LOBOS Y CORDERITOS EN LAS CIUDADES DE GRAND THEFT AUTO

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Pues ya ves.

Toda la vida escuchando que la violencia es mala, y que mediante el diálogo se resuelven todos los problemas.

Y vas tú, y te lo crees.

Pero resulta que el otro día, cuando ibas de marcha con tu novia, o tus amigos, y sin meterte con nadie, un grupo de macarras os bajó del coche para inflaros a hostias por la cara, sólo por pasar el rato.

Y al que más le dieron fue a ti, justo cuando hacías con los dedos la V de paz, coleguitas, “peace“, buen rollito y tal.

Pero los coleguitas, que a duras penas parloteaban otro idioma, te pusieron guapo.

Y date con un canto en los dientes – los pocos que aún te quedan – de que, encima, no le picaran el billete a tu churri.

Algo sorprendente, claro, con toda la buena educación y esas milongas.

Que la violencia es mala, etcétera.

Claro, en principio, lo es.

Y qué tanto.

Pero, llegado el caso, también resulta útil para defenderse, o al menos, para la supervivencia.

Basta con decir que, sin la capacidad de luchar cuando no hubo más remedio, tu estirpe se habría extinguido – como tantas otras, más débiles o pacíficas – hace largo tiempo.

Felizmente, ahora vivimos en una democracia donde todo eso parece innecesario.

Aquí, la renuncia del ciudadano a tomarse la justicia por su cuenta se fundamenta en que el Estado asume el monopolio de la violencia, para emplearla con sensatez cuando las circunstancias lo hagan inevitable.

Hilando fino: el personal no se pasea armado y dándose estriba porque es el Estado quien, mediante las fuerzas armadas y la policía, administra la violencia exterior e interior con otros métodos respaldados por las leyes, el Parlamento, o lo que sea.

Esa es la razón de que, un suponer, cuando alguien esgrime un baldeo y te dice afloja la viruta y el peluco, tú no saques una escopeta y le vueles los huevos al melandro, sino que estés obligado a mirar alrededor, paciente, en espera de que un amable policía se haga cargo del asunto, proteja tu propiedad privada y conduzca al agresor a un lugar donde quede neutralizado como peligro social.

Pero esa es la teoría.

Tú problema, chaval, es que te han educado para ser el corderito de Norit antes de que los lobos desaparezcan.

O peor aún, cuando ya sabemos que no van a desaparecer.

Olvidaron enseñarte a pelear por si fallaban los besitos en la boca, los policías, los jueces, las oenegés y los soldados sin fronteras.

Por eso, en determinados ambientes y circunstancias, lo tienes crudo: un toro capado y sin cuernos sólo sobrevive entre bueyes, para que nos entendamos.

En lo que llamamos Occidente, gracias a una espléndida tradición humanista e ilustrada, los derechos y las libertades alcanzan cotas admirables, merced a la confianza de los ciudadanos en mecanismos democráticos garantizados por leyes convenientes y justas.

Hemos convenido, por ejemplo, que ante un semáforo en rojo los coches se detengan, básicamente porque mejora el tráfico y la convivencia.

El problema surge cuando un hijo de puta – condición propia, siento comunicártelo, de la naturaleza humana – se pasa los semáforos por el Arco del Triunfo circulando a su bola.

Entonces, quienes se detienen están en inferioridad de condiciones, desvalidos ante quien aprovecha para colarse y convertirse, por la cuenta que le trae, en el amo de la calle.

Ese, como decíamos, es tu problema: la indefensión de quien respeta el semáforo cuando otros no lo hacen.

Unos por falta de costumbre, y otros porque se nos fueron de las manos y no somos capaces de darles educación vial, ni cualquier otra.

Y claro, con frecuencia ceden a la tentación de utilizar el semáforo contra quienes, prisioneros de él, lo respetan.

Contando, naturalmente, con la pasividad cómplice de aquellos a quienes corresponde el control del asunto, que suelen permanecer paralizados por el miedo a que los llamen autoritarios y poco enrollados, hasta que de pronto se acojonan y sacan los tanques a la calle.

Contradicción, ésta, característica del espejismo en que vivimos: un mundo socialmente correcto, donde todo ejercicio de autoridad o violencia legítima, por razonable que sea, queda desacreditado gracias a tanto cantamañanas que vive del cuento chino.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.