LOS FANTASMAS DE SHADOW MOSES

Solid Snake MGS PSOne Shadow Moses

El mar de Bering baja sucio al atardecer, arrastrando contundentes placas de hielo no exentas de escasa vegetación, y los barcos fondeados encienden sus primeras luces en la hora crepuscular.

Desde una desgastada mesa todavía se pueden apreciar los muelles abandonados, por los que todavía transitan los cansados fantasmas de soldados muertos que, muy a su pesar, nunca se ausentaron de este funesto lugar.

Los cascos oxidados de sus vapores e incluso algún diminuto submarino monoplaza se pudren desde hace largos años en la lejanía, entre parajes que ninguna carta señala, y ellos no tienen otra cosa que hacer, otra justificación para continuar existiendo, que venir cada noche a Shadow Moses, como antaño, a beberse la primera cerveza que tiembla en el vaso, entre sus manos inciertas por el frío, hasta que la tercera o cuarta copa termina por templarles un poco el pulso.

En alguna parte resuena una sirena alarmante, y la voz de un hombre que también está muerto desde hace lustros se lamenta de que el mundo siga girando, y de que la boca que era suya ya no lo bese más.

Y los militares, que hablan sin pronunciar palabra, beben en silencio junto a otras sombras de guerreros que lloran y esperan su turno.

Una tragedia personal no podía faltar en la historia.

En los albores del año 2.000 Shadow Moses fue testigo impasible de la barbarie que enfrentó a eternos camaradas y familiares, como suele suceder en esos extraños rituales, inevitables, de ciertos lugares cuya magia consiste en ser fieles a sí mismos y a lo que significan.

Pero algunos sueños se niegan a morir, o tal vez sucede que algunos hombres se niegan a traicionar ciertos sueños.

De cualquier modo, todavía resulta posible imaginar aquellas celdas que en otro tiempo cobijaron a oficiales guapos y sonrientes, poderosos a su manera, y mezclar memoria y presente, amigos, amores y fantasmas entre el ladrido de un Husky solitario, el aroma del último cigarro que un héroe involuntario encendió poco antes de partir en busca de nuevas guerras, o la voz cálida de una mujer que, tristemente, fantaseó con el honor y la gloria.

Se puede consultar el horario de un comedor que desde hace muchos años dejó de servir viandas, o folletos con órdenes que nunca llegaron a cumplirse y que ahora descansan sobre el suelo inerte.

Incluso se puede evocar, si uno se lo propone, el día en que un viejo combatiente, por aquel entonces todavía joven y altivo, perdió aquel sueño, aquel amor, o aquel amigo.

Se puede sacar del bolsillo, lenta y solemnemente, plegada en cuatro dobleces, una fotocopia de los oficiales al mando, reunidos bajo el sello de FOXHOUND.

Y, ya puestos, se puede desplegar esa añeja fotografía sobre cualquier mesa, mirar una vez más a los inhóspitos corredores, y brindar con todos los fantasmas que en este anochecer acompañan al silencio sepulcral.

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